Favelas, "desastres naturales" y capitalismo burocrático en Latinoamérica

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Los llamados "desastres naturales" se producen en el mundo cada vez con mayor frecuencia, éstos golpean con mucho mayor rigor a los barrios pobres, pues no es una casualidad que las favelas siempre estén ubicadas en las zonas más vulnerables de las ciudades, ya sea en laderas de altas pendientes, en áreas de suelos inestables, tengan deficientes servicios de saneamiento básico y agua potable. Esta situación hace que los barrios pobres se encuentren desguarnecidos ante eventos naturales tales como aludes, terremotos, inundaciones, tsunamis y demás.

Los recientes hechos ocurridos en Rio de Janeiro, y con mayor rigor en Niterói, son una clara muestra de esta situación, al que se suman eventos naturales ocurridos pocos meses antes en otras ciudades latinoamericanas a las que puede agregarse las zonas de Usme, Chapinero o San Cristóbal en Bogotá; Huanu Huanuni en La Paz; Collique en Lima; Catuche y San Bernardino en Caracas; Iztapalapa, Iztacalco, Álvaro Obregón y Tlalpan en México D.F.; así como diferentes zonas de Santiago de Chile y Concepción destruidas por un sismo que casi llega a los 9 grados en la escala de Richter; hecho que suman miles de muertes, un número superior de heridos y cuantiosas pérdidas materiales en detrimento de las alicaídas economías de las familias más pobres de estas ciudades.

Favelas y "desastres naturales"

América Latina y el Caribe es la segunda región en el mundo con mayor de nivel de urbanización en el mundo, el mismo que alcanza el 75%, las concentraciones urbanas generalmente se han desarrollado de manera improvisada, por ello es importante analizar el problema de las favelas, pues sin duda, son los espacios urbanos más poblados en las ciudades de América Latina, problemática que viene extendiéndose en gran parte del planeta, en especial, en los llamados países del Tercer Mundo.

Uno de los rasgos importantes de las ciudades latinoamericanas es el proceso de urbanización poco o nada planificado, que ha generado diversos problemas como la necesidad de los moradores de los asentamientos humanos en las zonas más pobres de satisfacer espontáneamente la demanda de servicios básicos de agua potable y saneamiento básico. En la conformación de las ciudades latinoamericanas pueden constatarse desbalances del entorno natural al afectarse el ciclo hidrológico de las cuencas donde se producen estos asentamientos humanos.


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Pueden evidenciarse procesos de deforestación, la pérdida de capacidad de infiltración y retención del agua en los suelos, los procesos erosivos, la contaminación de las aguas superficiales y subterráneas por los desechos domésticos e industriales, así como una larga lista de otros factores, que generan una permanente situación de vulnerabilidad frente a los "desastres naturales", así como, una serie de problemas de salud, en particular, enfermedades diarreicas agudas de evidente origen hídrico.

Así, los eventos naturales o "desastres naturales", cuyo tratamiento abrió una corriente multidisciplinaria llamada "gestión de riesgos", en realidad, son resultados de una pésima relación entre las sociedades urbanas — hechas a imagen y semejanza del capitalismo burocrático — con la naturaleza, en tanto que, el medio ambiente así haya sido dominado por la sociedad, no deja de estar presente y aparecer a través de desastres, como una clara expresión de resiliencia — empleándose el término en su acepción más tradicional, es decir desde la perspectiva física, biológica y química — ante los desórdenes originados por la intervención humana y el patrón de acumulación capitalista imperante.

Favelas y capitalismo burocrático

En Latinoamérica, ha habido una aceleración urbana que la región ha experimentado desde la década de 1960 y 1970, cuando migrantes del campo emigraron a las ciudades por la falta de acceso a las tierras de cultivo en las zonas rurales, que son acaparadas por terratenientes que los postraban en el hambre y miseria; los campesinos encontraron que los espacios urbanos tampoco contaban con la infraestructura idónea para asimilarlos, por otro lado, la misma estructuración del capitalismo burocrático tampoco les garantizó empleo o condiciones óptimas de subsistencia, esta situación alentó la configuración de una red urbana trunca y desarticulada, donde un lugar común es la ausencia de planificación.

Las favelas habitadas en las urbes latinoamericanas, pese a sus formas fuertemente inclinadas o sus suelos inestables, han sido urbanizadas, al punto de haberse convertido en moles de cemento; pueden observarse en cada una de las principales ciudades latinoamericanas una impresionante densidad demográfica, así como una fila de viviendas en las que existe un déficit de espacios públicos; las pocas áreas verdes existentes aún siguen retrayéndose frente a la necesidad creciente de espacios para ser habitados.

Éstas empiezan a ser pobladas en las décadas de 1950 y 1960, en tanto que en 1970, termina por estallar la urbanización de estos barrios; esta situación rediseñó los patrones de segregación residencial urbana en Latinoamérica, pues los proletarios y sub proletarios — la fuerza de trabajo — ocuparon las pendientes, las áreas con peores suelos o las zonas periféricas; estos procesos han marchado de manera casi paralela en Buenos Aires, Asunción, Rio de Janeiro, Lima, Santiago de Chile, La Paz, conservando cada ciudad sus particularidades en los procesos de segregación urbana, pero respondiendo de una forma u otra a las características que son enumeradas en este artículo.

Esta ocupación surgió por la presión demográfica, la creciente necesidad de acceder a espacios cercanos al centro por estos ex pobladores rurales, quienes expulsados del campo ante el fracaso o inexistencia de las políticas agrarias, llegan a estas zonas, viéndose obligados a autoconstruir sus viviendas; el atractivo de ubicarse en estas áreas consiste en la mayor cercanía posible al centro de una ciudad, que suele concentrar en su corazón múltiples funciones como es característico de las megalópolis latinoamericanas.

Los pobladores de las favelas se agenciaron de todos los medios para cubrir las necesidades de ocupar un espacio; por ello, el acceso al agua potable ha sido paliado con el uso irregular y desordenado de manantiales existentes en las zonas o estableciendo una dependencia de vendedores aguateros que multiplican los costos de agua a precios altamente elevados en comparación con los hogares que cuentan con flujos regulares de agua potable; el problema del acceso al agua en la mayoría de las ciudades latinoamericanas, pese a que ya transcurrieron más de 10 años de haberse pactado internacionalmente los llamados objetivos del milenio, dentro de los cuales se encuentra la meta de dotar agua potable a los más pobres del mundo.

En cuanto a los residuos del alcantarillado sanitario — cuando existe — , claramente se observa que muchos de estos no son tratados o son arrojados a los ríos más cercanos. Esta situación, propicia que estas aguas residuales se infiltren en los suelos, cosa que los ha tornado más inestables aún, pues el remojo de los suelos, hace peligrar las viviendas asentadas en favelas; por ello, en las épocas de lluvias, muchas de estas viviendas son arrastradas o enterradas por aludes.

La vivienda e infraestructura autoconstruida responde a una ecología de favela, pues no hay injerencia institucional para mejorar la vida de sus pobladores, sólo para reprimirlos, estigmatizarlos, criminalizarlos o culpabilizarlos por haber ocupado estos terrenos inestables y vulnerables, cuando en realidad la presencia de las favelas es un resultado de la incapacidad de los regímenes latinoamericanos adscritos al capitalismo burocrático para brindar mejores condiciones de vida a la mano de obra que atrajo a sus urbes, pero que luego las sumió en el subempleo o el empleo precario que reproduce relaciones semifeudales en la ciudad o sencillamente los obligó a engrosar los gruesos batallones de desempleados que transitan por las calles latinoamericanas.

Luego de los "desastres naturales", más corrupción y represión

Los "desastres naturales" no sólo golpean a las familias más pobres de las ciudades latinoamericanas, sino que son hábilmente aprovechadas por los burócratas y politiqueros latinoamericanos, quienes explotan al máximo estas circunstancias de dolor para desarrollar en primera instancia su marketing político, la situación suele empeorar si el evento coincide con una época electoral, pues éstos tratan de vender su imagen como aves de rapiña, fingiendo rostros compungidos, solidaridad y prometiendo el oro y el moro con ayudas a los damnificados que nunca llegarán o que si llegan serán recortadas en el camino.

En estas situaciones también son comunes promesas de reconstrucción de viviendas, otorgación de bonos extraordinarios, programas de empleo, etcétera; que en muchos casos no llegarán o si llegan sólo alcanzará a un pequeño sector de damnificados, los suficientes como para mostrar la fotografía que "pruebe" el cumplimiento de la promesa; como lo ha hecho hace poco Alan García de Perú apoyando a sólo un puñado de damnificados por un terremoto de 7,7 grados en la escala de Richter en la ciudad de Pisco.

Otros de estos politiqueros o burócratas son hábiles para convocar a colectas públicas nacionales o internacionales, clamar por donaciones, que al ser recibidas son endosadas a sus propias cuentas bancarias o son malversadas como el caso del ex presidente boliviano, el sanguinario Hugo Banzer, que prefirió destinar los fondos de donaciones para el terremoto de Totora y Aiquile a fines de la década de 1990 para la compra de un avión presidencial, que nunca funcionó, pese a que estaba con evidente sobreprecio; de hecho, este tipo de picardías son tan comunes en Latinoamérica, que un gran número de donaciones destinadas a los damnificados por el terremoto ocurrido en Haití se suspendieron hasta que no se garanticen mecanismos de transparencia en la utilización de estos recursos económicos.

De igual manera, también suele ser recurrente después de los "desastres naturales", los reproches a los pobladores pobres de las zonas afectadas por haberse instalado en estas zonas vulnerables, como si el asentamiento humano no respondiera a condiciones estructurales, sino a la sola voluntad de estos pobladores; como frecuentemente se culpa a los pobladores de Iztapalapa en México o de la zona de Tijuca en Rio de Janeiro.

También, se aparejan promesas de reubicación, para lo cual suele hacerse un conjunto de expropiaciones; pues algunos desastres que afectaron a conjuntos de viviendas autoconstruidas, han sido aprovechados por las autoridades estatales para hacer intervenciones no estructurales ni integrales en estas zonas, prohibiendo el reasentamiento en el lugar del desastre, edificándose parques, carreteras o convirtiéndolos en espacios públicos que les permite desalojar definitivamente a las familias pobres asentadas en esos lugares; pese a la insistente demanda de algunos damnificados para que les ayuden a construir sus viviendas en el mismo lugar.

Las reubicaciones — cuando se hacen — suelen hacerse en lugares tan periféricos que prácticamente son verdaderas expulsiones de los pobladores damnificados de las ciudades, disminuyendo las posibilidades de obtención de empleos u obligándolos a elevar sus presupuestos de transporte para acudir a sus puestos de trabajo; en otros casos, en cada una de las ciudades latinoamericanas citadas, ha sido frecuente la instalación de los damnificados en carpas precarias o refugios "provisionales", que terminan siendo la "nueva vivienda" durante muchos años; situación que muchas veces suele ser desconocida, dado que el periodismo empresarial que practican muchos medios de comunicación en los países latinoamericanos, sólo revolotean la tragedia cuando es noticia fresca y fácilmente de ser vendida en el mercado.

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