Editorial: Levantar alto la protesta popular

Editorial: Levantar alto la protesta popular

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Traducción Enrique Chiappa

 

 

El año de 2020 será particularmente agitado en lo que respeta a las luchas de las clases revolucionarias. Todos los indicios están presentes.

Los reaccionarios más esclarecidos se preocupan cada vez más con la falta de perspectiva para la economía, mientras “fuerzan la barra” para vender optimismo, manipulando indicadores económicos. Saben que si no consigan salir, más o menos rápidamente, de la persistente crisis enfrentarán grandes peligros. Se trata de algo muy grave, de la crisis general de descomposición en que entró el capitalismo burocrático en el país y en todo el continente latinoamericano. En el enfrentamiento de esta, el imperialismo impone como política central las medidas bandidescas de asalto a los derechos de los trabajadores y de mayor entrega de la Nación. Como ya demuestran las grandes explosiones de protestas masivas crecientes en todo el mundo, particularmente en América Latina, tal política ciertamente hará aumentar la revuelta de las masas. Será más difícil hacer funcionar los servicios básicos y crecerá aún más la delincuencia. Y, lo que es peor para ellos: crecerá amenazadoramente el peligro inminente de un levante popular, cada vez más, bajo dirección revolucionaria.

El tercer trimestre de 2019 fue coronado con el fiasco en la economía: 0,6% de crecimiento del Producto interior bruto (PIB). Eso es lo mismo que parálisis. La tendencia es que el desempleo y la miseria de las masas prosigan a niveles altos. ¡Hoy, llevando en cuenta los “desalentados” y “subocupados”, el desempleo real llega a 28 millones, probablemente el número es mucho mayor! Ya las condiciones de los empleos generados (como los “intermitentes”) son cada vez peores. Explotación despiadada: bajos salarios, largas e intensas jornadas, situación que tiende a empeorar por la alta competencia de las masas desempleadas. La máquina del capitalismo burocrático chafa con toda su crueldad nuestro resistente proletariado y masas populares.

A pesar de eso, el capitalismo burocrático no sale de la arena movediza en que se colocó. El consumo de las familias continúa bajísimo, reprimido por el endeudamiento y desempleo. Aquellos que consiguen empleo, también debido al bajo salario, no consumen lo suficiente para que este “muerto vivo” se levante de la crisis.

Para intentar equilibrar la economía podrida, el gobierno lanza más tierras en las manos del “agro negocio” y de la minería monopolista. Las commodities, a “precio de banana”, son vendidas a las naciones imperialistas, sirviéndoles para enriquecer. Para ampliar tal negocio los gobiernos y latifundistas expulsan el campesinado de sus tierras y profundizan la política iniciada por Dilma de ser contra cualquier reforma agraria, lo que hace engrosar el ejército de desempleados en la ciudad y el número de jóvenes que, desesperanzados, buscan salida en la delincuencia.

Es la crisis general de descomposición del capitalismo burocrático, asentado en la espoliación sin fin de las masas y sometido a la rapiña imperialista, principalmente yanqui. Las masas proletarias, campesinas y los demás trabajadores, más pronto de que tarde, pasarán de la simple protesta a revueltas más violentas. Aún ante mil obstáculos y de la verdadera camisa de fuerza impuestos por la traición y oportunismo de las direcciones de las centrales sindicales, las masas se rebelarán al punto de hacer que las Jornadas de 2013 parezcan una sencilla protesta.

Mientras padecen con el empeoramiento sistemático de su patrón de vida, las masas asisten a las conmemoraciones de los poderosos monopolios financieros. ¡En el inicio de octubre, los bancos lucraron R$ 109 mil millones entre julio de 2018 y junio de 2019! Es el mayor logro nominal en 25 años. El contraste entre los dos bloques de la sociedad no es por casualidad y ni una infeliz coincidencia. La indecente concentración de la riqueza en un puñado de familias de grandes burgueses y latifundistas – que viven el paraíso sin ni siquiera trabajar – crece, justamente, porque crece la quiebra de las pequeñas y medias empresas y la miseria de centenares de millones de trabajadores.

Todas las medidas aplicadas (y aquellas que aún vendrán) acentuarán tal situación. Aquellas que no causan impactos hoy, causarán inmediatamente en los próximos años. El pateta, así llamado “ministro” Paulo Guedes, está sembrando vientos.

Por su parte, Bolsonaro y su grupo de extrema derecha están amarrados y perciben, día a día, que no pueden alcanzar su sueño terrorista de restablecer un régimen militar fascista sin “volcar la mesa”, sublevar los cuarteles e imponer un nuevo Alto Mando. No pueden hacerlo, sin embargo, sin crear un profundo caos que justifique esto; y tampoco pueden hacerlo si su presidente no poseer gran capital político ante las masas. Su nuevo partido puede venir a ser lo que más cerca se llegó, en la historia reciente, de un partido fascista en Brasil. Si salir del papel, tendrá una base de masas organizada por corporación, en los barrios y zonas, por medio de esas pequeñas y siniestras sectas neo pentecostales paramilitares. Sin embargo, fragmentándose por decepciones y disputas personales de poder, falta al bolsonarismo los cuadros para llevar adelante tal emprendimiento. Puede ser que esa gestación produzca un mortinato.

Flávio Bolsonaro, sorprendido en el esquema de las “rachadinhas”, es el talón de Aquiles del bolsonarismo. Cualquier movimiento abrupto de la extrema derecha bolsonarista está conjurado por la amenaza inminente de proseguir la investigación por el Ministerio Público, en las manos del “gobierno militar secreto” manejado por el Alto Mando de las Fuerzas Armadas (ACFA). Sólo en otras condiciones puede, la  extrema derecha, imponer su proyecto.

Ya la derecha militar y civil, cuyo centro es dicho “gobierno militar secreto”, prosigue desgastando Bolsonaro mientras infla figuras que lo pueden contraponer, disputando el mismo electorado. Sérgio Moro, más político de que antes, se contrapone a todas las maniobras que Bolsonaro hace para librar su hijo. La creación del “juez de garantías” fue por Moro criticada, así como todas las decisiones y articulaciones hechas para retardar la investigación contra Flávio Bolsonaro. Bolsonaro va perdiendo la imagen de “anti corrupto” y se vacía su prestigio en medio de la opinión pública moralista y en su histórica base electoral (las tropas subalternas), que ya lo trata por traidor.

Convencido de que el establishment está lanzando Moro, Bolsonaro intentó, el día 23 de enero, enflaquecer su “superministro” dividiendo el ministerio por él comandado. La imposición del “gobierno militar secreto” afianzado en la opinión pública anti corrupción lo impidió de proseguir. La crisis política, en el centro de la cual ahora están las Fuerzas Armadas reaccionarias, tiende a galopar o para mayor pugna entre las fracciones ultra reaccionarias o para subordinación completa de la extrema derecha de Bolsonaro al “gobierno militar secreto” en la definición de quien detendrá la dirección de la ofensiva contrarrevolucionaria.

La situación revolucionaria en la cual entró el país desde los grandes levantamientos de 2013/14 sigue se desarrollando en enfrentamiento con la ofensiva contrarrevolucionaria lanzada por los de cima para detener su desenlace revolucionario. El objetivo de esa ofensiva son las tres tareas reaccionarias de: 1) salir de la crisis e impulsar el capitalismo burocrático, 2) reestructurar el viejo Estado imponiendo un régimen con máxima centralización de poder en el Ejecutivo y, 3) régimen con el mínimo posible de derechos y libertades democráticas para conjurar el peligro de revolución. Como parte de eso, están escalando la guerra civil reaccionaria a proporciones nunca vistas en la historia reciente del país, especialmente contra los campesinos y los pobres de las favelas y periferias. Basta ver que el gobierno crea, ahora, una fuerza de tarea y una nueva fuerza militar (“Fuerza Nacional Ambiental”) que actuará en la Amazônia Occidental y tendrá como coordinador el general Mourão. Esta es la crítica situación de la colina de la reacción.

Ya los de bajo, compelidos a luchar por los derechos pisoteados, contra la miseria y el hambre, cansados de la dictadura burguesa-latifundista y su farsa electoral, cada día demuestran que no aceptan continuar viviendo así y, parte por parte, se levantarán en grandes embates. Especialmente el sector más organizado, más clarividente y más dispuesto, nucleado por la alianza obrero-campesina y que arrastrará atrás de sí, con el tiempo, centenares de miles de masas. La lucha espontánea de las masas encontrará, cada día, más y más, la dirección consciente del proletariado a la cual se fundirá crecientemente. Esa es la poderosa, inquebrantable e imponente situación en que está desarrollándose la colina de la revolución. Ni el más feo de los monstruos puede conjurarla o detenerla.

A pesar de la fuerte propagación ideológica para justificar toda la opresión y miseria en la mentalidad de las masas como natural, objetivando hacerlas pasivas y conformadas, estas manifiestan su repudio a la vieja orden cuando se levantan contra los efectos de ese sistema de explotación y opresión. Rechazan y se manifiestan violentamente contra las operaciones policiales en Río de Janeiro y otras grandes ciudades, contra la expulsión de sus tierras y la concentración de ellas en las manos del latifundio en el campo, contra la falta y precariedad de los servicios públicos básicos de salud y educación, de saneamiento y agua potable, contra la falta de viviendas para las mismas etc.

Las masas sólo pueden liberarse ideológicamente luchando contra la vieja orden, en consonancia con su nivel de conciencia política, y vinculándose cada vez más a la lucha popular revolucionaria, la cual va seleccionando y forjando la vanguardia revolucionaria del proletariado. Toda la suerte de las masas, desde el punto de vista estratégico, depende de los revolucionarios y verdaderos demócratas, que deben tomar esto bien en cuenta. La época de grandes embates nuevamente llama a las puertas. Y es la propia contrarrevolución quien la anuncia, al preparar una guerra reaccionaria de gran escala. La revolución y sus efectos demandan nuevas tareas.

 

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