Olimpiadas en Brasil - Fiesta de los demagogos y de los monopolios

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Antes, durante y después de confirmada la realización de las Olimpiadas en Brasil de aquí a siete años, Luiz Inácio se esmeró en la demagogia, en el palabrerío inocuo, en la propaganda política del oportunismo, convencido de que tanto embaucamiento realmente encuentra eco junto a las masas brasileñas. Después del presidente del Comité Olímpico Internacional anunciar el nombre de Río de Janeiro como sede de las Olimpiadas de 2016, él saltó, vibró, sudó y derramó lágrimas en frente a las cámaras, en un espectáculo personal de desprecio por los trabajadores, en una nueva prueba de que hace mucho dejó de pertenecer al pueblo que, delante de tanta explotación, precariedad y represión, sólo tiene a conmemorar sus victorias auténticas, las de clase — el pueblo que sabe muy bien identificar cuando la fiesta es de sus verdugos.

Rodeado por sus actuales compinches — Eduardo Paes, Sérgio Cabral, Carlos Arthur Nuzman y Paulo Coelho, entre otros — Luiz Inácio llegó a decir que Brasil habría alcanzado la "ciudadanía global", en un esfuerzo risible para llevar al ámbito internacional el embuste de intentar atribuir a cualquier fiesta organizada por los ricos el estatus de acción que supuestamente beneficiaría los pobres. Embebecido en soberbia — la soberbia que le es peculiar — y derrochando oportunismo, llegó a eructar victoria personal, ya con vistas a la farsa electoral que se avecina.

Pero el pueblo y las luchas del pueblo se quedaron afuera del vídeo promocional mentiroso que el Comité Olímpico Brasileño preparó con la ayuda de un cineasta famoso — y vanidoso — , y permanecerá fuera de la primera edición de los Juegos Olímpicos en América del Sur, de aquí a siete años. Peor: la tendencia es que todas las acciones antipueblo ordenadas por las gerencias políticas antes y durante la realización del Panamericano de 2007 se repitan, y con ferocidad aún mayor, dada la magnitud del evento y la disposición cada vez mayor de las masas para la lucha.

La realización de las Olimpiadas en Rio de Janeiro significa que el pueblo tendrá que enfrentar más operaciones especiales de represión en las periferias de la ciudad y en las favelas de la Zona Sur, refuerzo de la segregación urbanística, del higienismo fascista, de la saña de encarcelamiento y ejecuciones que mueven las clases dominantes sedientas de sangre de las masas; es eso lo que los tres niveles de gerencia del Estado burocrático nos reserva, a pesar de las promesas de fiesta, confraternización y dignidad. Aún sabiendo de todo eso cuando fue vender el pez de la candidatura brasileña en Copenhague, Luiz Inácio llegó a decir a los jurados que los Juegos Olímpicos deberían ser realizados en Brasil para que nuestra gente humilde tuviera la oportunidad de participar del evento, y pudiera ser beneficiada por él.

Lejos de que signifiquen la unión de los pueblos, los juegos olímpicos constituyen nada más que un gigantesco evento capitalista planeado, organizado y ejecutado para multiplicar el capital de los monopolios de turismo, media, transportes, energía y construcción civil, además de los propios cofres del Comité Olímpico Internacional. Con eso, el mercado financiero también ya se enardece.

El banco de inversión Credit Suisse prevé valorización ya para los próximos meses de las acciones de empresas como las compañías aéreas Gol y TAM, de la transnacional del ramo de viajes Dufry, de la mayor red de alquiler de automóviles de América Latina, la Localiza, de la gigante del sector inmobiliario-turístico InvestTur, de la controladora de fondos de private equity GP Inversiones, de la Light, privatizada en 1996, y de una de las mayores transnacionales brasileñas, la Gerdau. El mismo Credit Suisse informa que inmediatamente después de Sydney haber sido escogida para acoger las Olimpiadas del año 2000, en septiembre de 1997, los sectores de construcción civil, transportes y comunicación crecieron un 5% más que la media de la economía australiana.

Además, los representantes del viejo Estado semifeudal y semicolonial irán a aprovechar la fortuna que la elección de las Olimpiadas para 2016 en Brasil hará circular entre ministerios, secretarías y otros órganos de la burocracia para la práctica de la corrupción, como sucedió en el Pan 2007.

Otro embuste que a lo largo de los próximos siete años nos intentarán empujar por la garganta se refiere al conjunto de mistificaciones que el monopolio de los medios de comunicación suele asociar a la práctica deportiva, sobre todo la falacia del "deporte como inclusión social". No faltan alusiones a los "obstáculos de la vida" en reportajes sobre, por ejemplo, la modalidad corrida de obstáculos. Una sensiblería explícita que apenas esconde su espíritu reaccionario implícito en tales afirmaciones.

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