La crisis del viejo Estado - Se agrava la pugna entre los grupos de poder

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Tres meses se pasaron desde que fueron publicadas las primeras denuncias contra el entonces ministro de la Casa Civil de la gerencia Dilma, Antônio Palocci. Tras intensa presión, el cuadro de uno de los mayores grupos de poder del PT, con grandes ambiciones electorales, fue nuevamente defenestrado, a ejemplo de lo que ocurrió con el mismo en el inicio de 2006, en el episodio de la quiebra del sigilo del casero Francenildo.

En ese periodo, la actual gestión oportunista trató de acomodar los aliados de ocasión que se aprovecharon de su fragilidad para ocupar espacios mayores del aparato estatal. La repartija de cargos del "segundo nivel" para abajo estaba frenada en todas las esferas de la gerencia federal por cuenta de las dificultades y de la inhabilidad de Dilma en lidiar con las voraces exigencias del PMDB, PDT, PR y otros menores. Para tener una idea, hay quién diga que en las gerencias anteriores los cargos eran llenados en a lo sumo 60 días, pero en el caso de Dilma ya se van más de 200 sin que se arreglen las ventajas para todos que juzgan merecerlas.

En el auge del escándalo Palocci, el PMDB dio muestras de que podría complicar las cosas para el PT votando contra el proyecto de nuevo Código Forestal presentado por el fiel servil del oportunismo, Aldo Rebelo, del PCdoB, el partido del "socialismo" burgués -latifundista, chupamedias del imperialismo. Después de la caída de Palocci, Dilma quiso hacerse de independiente y nombró a la Barbi Gleisi Hoffmann, esposa de Paulo Bernardo, ministro de la planificación de Luiz Inácio y que actualmente es el ministro de las comunicaciones. Había el pleito de caciques peemedebistas que querían asumir la Articulación Política.

En el embrollo, Luiz Sérgio, que no articulaba nada por ser muy invertebrado, fue transferido para la Pesca, dando lugar a Ideli Salvatti, conocida en el congreso como la más truculenta representante de la tropa de choque petista en el Senado.

Luiz Inácio se movió todo el tiempo en las sombras hasta ser llamado a Brasilia para dirigir más de cerca, y a su estilo arregló las cosas como le fue posible, empujando el desenlace de la crisis para más adelante, en una ocasión electoralmente más conveniente.

Sin embargo, fue en una cartera cuyo personal está acomodado hace casi una década que eclosionó el más reciente y, por los valores financieros envueltos, gran escándalo de corrupción de la gestión oportunista. Feudo del Partido de la República desde el primer mandato de Luiz Inácio, el Ministerio de los Transportes protagoniza hoy los editoriales de política de los principales vehículos del monopolio de los medios de comunicación.

Con presupuesto de muchos miles de millones de reales para obras con sobreprecio de infraestructura vial, ferroviaria y fluvial, se puede decir, con riesgo de subestimación, que desde el ministro al último cargo comisionado todos nadaban en el dinero de propinas y garantizaban superlucros a contratistas. Estas, como es sabido por todos, además de los bancos, siempre se constituyeron en las principales financiadoras de campañas electorales en todo el Brasil.

Con respecto al PR, recordemos que la sigla es utilizada por la facción política de la iglesia de Edir Macedo, también abrigaba el finado ex vicegerente semicolonial José Alencar y es dirigida por Valdemar da Costa Neto, que tiene su feudo particular en el interior de São Paulo y era uno de los principales beneficiarios del "mensalão" petista revelado en 2005. Según denuncias, Valdemar ocupaba una sala en el ministerio, de donde comandaba el esquema de sobreprecios y de las propinas, así como el destino del dinero.

En el rol de las "irregularidades", principalmente en el Dnit (Departamento Nacional de Infraestrutura en Transportes) y en la Valec (estatal encargada de los ferrocarriles), están el favorecimiento de determinadas contratistas en licitaciones; aditivos contractuales que elevaban astronómicamente el valor contratado en la licitación; uso de informaciones privilegiadas para adquisición de terrenos vecinos a grandes obras; harta propina, etc., etc., etc.

Denunciado el esquema por el monopolio de la prensa, los envueltos reaccionaron con amenazas y chantajes, sabedores que muchos colegas de alto nivel político  tienen cosas a esconder. Alfredo Nacimento, que atendía como ministro desde 2003, cayó, y el problema sucesorio se hizo nuevamente presente. En su estela cayeron otros 18 compinches. De nada sirvió toda la propaganda que hicieron de que Dilma había buscado "perfiles técnicos" para reponer los ministros. El PR cobró y permaneció en la cartera, y aún obtuvo la cabeza del único cuadro del PT que figuraba en las funciones de dirección. Y así todo sigue como antes, aunque algunos hayan salido en defensa de la "rapidez" con que Dilma sustituyó los envueltos. En realidad, Dilma ensayó defender su ministro, pero el mal olor era demasiado fuerte.

Pero nadie piense que la crisis fue rechazada, porque ella no es una simple grieta en la superficie de la gestión del Estado. Se trata de algo que alcanza las propias bases y estructuras del viejo Estado. Una descomposición generada por los intereses cada vez más inconciliables de las fracciones de las clases dominantes y sus correspondientes grupos de poder que a cada riña dejan flotar en las cloacas en que revuelven más y más su suciedad.

Creado por la dominación extranjera sobre la nación y asentado en el latifundio más arcaico, el viejo Estado burgués burocrático trae desde el origen las marcas de la corrupción. Sólo un nuevo Estado, construido sobre bases populares, puede acabar con la corrupción, que nunca fue trazo de la "naturaleza humana", pero sí de la naturaleza de las clases dominantes explotadoras y serviles del imperialismo, principalmente yanqui, que no piensan dos veces antes de vender todo el país en pago de privilegios de vasallos de quinta categoría.

Pero toda esta inmundicia de corrupción aún no es lo peor, es sólo una parte. Los mayores crímenes son los cometidos contra la nación, su pueblo y su patrimonio. Mientras algunos se repanchingan  en épocas de bonanza y se abofetean en las épocas malas, los que intentan tomar sus lugares pasan a defender "la ética y las buenas costumbres" como si ellos mismos no se hubiesen aprovechado de los mismos negociados.

Otros aún, fieles al designio de salvar el viejo Estado que cae de podrido a cada día, no se cansan de defender la moralidad en el burdel (con disculpas a la pobres meretrices). Y el pueblo, que a todo eso asiste, va convenciéndose cada vez más de que el problema no se trata de existir políticos malos o buenos, pero sí de un sistema empodrecido de cima a abajo. Y ese pueblo, indignado, está cada vez más dispuesto a acabar con las corrientes que lo oprimen y a liberar toda su furia acumulada.

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