Un viaje al holocausto brasileño

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Otro tren llega a la ciudad. Desaloja la carga humana, que listamente es conducida a su destino final. En aquel lugar les rapan las cabezas, arrancan sus ropas. Decenas de miles pierden los nombres, son esclavizados, sometidos a tratamientos pseudocientíficos, torturados y muertos y, finalmente, dependiendo de la demanda, tienen sus cadáveres negociados.

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Fotografia tirada por Luiz Afredo para a revista O Cruzeiro em 1961.

Esa historia de terror, que parece evocar el suplicio infligido a las víctimas del nazismo en el campo de concentración de Auschwitz, en realidad aconteció en el Brasil, extendiéndose por décadas, hasta un pasado bastante próximo.

La periodista Daniela Arbex, ganadora de numerosos premios como periodista investigativa, recientemente lanzó su libro-reportaje Holocausto Brasileño, en el cual revela en detalles uno de los episodios más velados y terribles de nuestra historia: la barbarie practicada en el mayor hospicio del Brasil, el Centro hospitalario Psiquiátrico de Barbacena, más conocido como Colonia.

El Colonia fue fundado en 1903. En las primeras tres décadas de funcionamiento consta que fue una institución respetable. Después pasó a ser un depósito de 'gente indeseable para la sociedad'. Pero, según los datos compilados en el libro, es a partir de la instauración del último régimen militar que el Colonia se hace brutal, y coincide con los estertores del régimen, en el comienzo de la década de 1980, también el fin de la institución.

La mayoría de los 'pacientes' llegaba aprisionada en vagones de tren, era ingresada a fuerza y ni siquiera tenía diagnóstico de enfermedad mental. Eran alcohólicos, homosexuales, epilépticos, prostitutas, gente humilde perseguida por algún poderoso, como un comisario o hacendero, chicas que habían sido embarazadas por los patrones... Además de por lo menos treinta y tres niños.

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Fotografia tirada por Luiz Afredo para a revista O Cruzeiro em 1961.

En las noches heladas de Barbacena, eran obligados a dormir al relente, sin ropas. El alimento servido era de pésima calidad y en cantidades insuficientes. Frecuentemente se veían obligados a beber la propia orina o aguas cloacales.

Funcionarias contratadas para servicios generales, o ayudantes de cocina, eventualmente eran promovidas a ejercer tareas de enfermeras y hasta médicas, ya que pasaban a ser responsables por ministrar drogas psicotrópicas y hasta la prescripción del tipo de remedio y las dosis. 

También recibían un rápido entrenamiento práctico en electrochoque. La técnica hoy prácticamente proscrita de la medicina, en aquel lugar era más usada como castigo y tortura (inclusive en niños), llevando frecuentemente a óbito. En algunos días ocurrían tantas "electrocuciones terapéuticas" que la red eléctrica no soportaba y Barbacena quedaba a oscuras.

En el Colonia fallecieron por lo menos 60 mil personas. Los cadáveres eran vendidos para facultades de medicina, y cuando no conseguían compradores para tantos cuerpos hundían estos en ácido para negociar los huesos.

La dirección aún lucraba con los productos producidos en la huerta del hospital por la mano de obra esclava de los internos. Estos también eran explotados trabajando sin salario en obras del ayuntamiento.

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Internos eram mantidos em péssimas condições.

Daniela Arbex hizo un magnífico trabajo de investigación, entrevistando ex-internos y funcionarios del hospital, además de personas que de alguna manera tenían informaciones para reconstruir la historia del Colonia. Pero, mucho más importante, ella rescata, humaniza esa pobre gente, víctima de un Estado criminal, y de la connivencia de médicos, burócratas, religiosos, políticos, militares... víctima, finalmente, de una sociedad, esta sí, profundamente enferma.

Pero, cabe destacar que Holocausto Brasileño no es un circo de horrores, pues el abordaje de Daniela Arbex es profundamente humano y respetuoso. Además de eso, ella también nos revela personas que ayudaron los internos, a veces incumpliendo órdenes superiores, gente que denunció lo que allá ocurría enfrentando la censura de la dictadura, y aquellos que de manera anónima y por libre iniciativa pasaron a amparar los ex-internos. Menos de doscientos sobrevivieron.

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