La pantomima de la ética fascista y las fanfarronadas de Luiz Inácio

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El show pirotécnico del monopolio mediático reaccionario, sediento de un hecho político que haga detonar la gerencia petista con el impeachment de Dilma, es un nuevo capítulo del espectáculo vergonzoso a que llegó la política oficial de Brasil y de la cual hace parte el gran fracaso del oportunismo petista en la gestión del viejo Estado.

 Esa imprenta reaccionaria, amamantada en las tetas del régimen militar fascista, después de lucrar enormemente  con los presupuestos publicitarios y negociados a cuesta del erario público en las relaciones con la gestión petista, insiste en posar de ejemplo de la moral y de la ética puritana, en un verdadero frenesí por flashes de los mejores ángulos de dirigentes petistas bajo coerción o esposados. Arman todo ese rabioso espectáculo mediático contra Luiz Inácio y PT porque estos fueron, en un día ya remoto, gente de izquierda.

 Tal espectacularización de la “delación premiada” de Delcídio do Amaral y de la operación de la Policía Federal en el “Instituto Lula”, en la residencia y en otros lugares frecuentados por Luiz Inácio y su familia, ya es parte de un escenario de una escalada fascistoide, de la dictadura de promotores (fiscales) (gente conservadora, reaccionaria y antipueblo) y de la Policía Federal. ¡La momia PSDB y otras siglas de la “oposición”, municionadas por los embrollos del PT, pretenden elevar la Policía Federal y los tribunales apodrecidos del viejo Estado a héroes anticorrupção y reservas morales del país!

 Esta fue la mayor, hasta ahora, de las pantomimas de la ética fascista que asola el país y que dio cuerda a la última fanfarronería del señor Luiz Inácio.

 Después de su breve testimonio, ejecutado de la forma abusiva con que este Estado reacionário somete sistemáticamente al pueblo, Luiz Inácio profirió el discurso que esperaba que nunca más tuviese que hacer: amenazar de volver a ser el PT radical de sus primeros años de vida. Y lo hizo porque percibió que, aún después de todo lo que hizo por los banqueros, por las montadoras, por los ingenios de caña y por los latifundiários, ellos demuestran no necesitar más de sus servicios, por lo menos por ahora al frente de la gestión de su Estado.

 En realidad se trata de que la crisis del imperialismo y su reflejo aquí en este país semicolonial/semifeudal — que el PT y los demás oportunistas quisieron travestir de potencia emergente, miembro y “liderazgo del bloque” del futuro poder mundial (Brics) y otras tonterías más — lanza las diferentes fracciones de las clases dominantes locales en una lucha despiadada para ver quién va a seguir por cima y quien tendrá que contentarse como socio menor. Y esta pelea se procesa a través de los grupos de poder y los diferentes subgrupos del Partido Único de las clases dominantes, que se sirven de las denuncias de corrupción y de las campañas de moralização. La corrupción como modus operandi de la gestión de la cosa pública y las campañas de moralização como demagogia para descalificar el opositor y hacer pasar sus fiscales por campeones de la honestidad y salvadores de la patria.

 Luiz Inácio, indignado no sin razón, sin embargo sin abandonar su discurso mañoso, con palabras bien medidas y  queriendo conmoción popular, contó, una vez más, su historia de nordestino pobre que, en la infancia, milagrosamente, escapó de la muerte. Como se siente y cree ser un escogido, fruto de milagros, narró los otros en los hechos de haber “obtenido un diploma de torneiro mecánico”, haber adquirido “conciencia política y fundado un partido” y, por fin, “haber sido electo presidente del país”.

 Arrogante, Luiz Inácio no esconde conocer poco de la historia de la clase obrera brasileña y de desdeñar lo que conoce. Sobrevivir a la miseria, obtener diploma de curso de profesionalización y adquirir conciencia política — tan comunes en las vidas de miles de brasileños pobres y simples, en su caso él lo cuenta como si fuese un milagro. Mucho antes de él ser inflado en el escenario político como liderazgo popular, dado su perfil anticomunista, miles de obreros fueron perseguidos, detenidos y torturados por luchar en defensa de los derechos de la clase. Miles de dirigentes populares políticamente avanzados, a lo largo de nuestra historia, fueron brutalmente eliminados por los aparatos represivos del viejo Estado brasileño por su militancia comunista revolucionaria. En el próximo 25 de marzo se completarán 94 años que un grupo de obreros fundó el Partido Comunista de Brasil (PCB).

 Además de que los pocos derechos de los trabajadores — sea la jornada de 8 horas, derechos a vacaciones remuneradas, salario mínimo, aguinaldo, derecho a la estabilidad que fue arrancado por los milicos, así como los derechos de seguridad social bajo el bombardeo de todos  gobiernos y esa prensa monopolizada en los últimos treinta años, entre otros — fueron conquistas arrancadas con mucha lucha y los sacrificios de las vidas de incontables auténticos líderes obreros, los cuales nunca se colocaron como salvador de la patria. Todo esto se conquistó mucho antes de que se pensase en la existencia del PT y de la CUT. Y estos son, realmente, los únicos derechos de los trabajadores. Nada de sustancial fue conquistado tras la existencia del PT y de la CUT, al contrario, el ascenso de estos a la gestión del viejo Estado representó la desmovilización de los trabajadores, una cooptación del movimiento sindical peor que en el periodo de Getulio Vargas y la imposición de la ilusión de cambiar la lucha combativa por promesas electoreras.

 Personalista, megalómano y egocéntrico, Luiz Inácio está convencido que fue el “mejor presidente del país”. Con las sucesiones de gobiernos reaccionarios y mediocres que conforman la historia de nuestro país, ser el mejor entre ellos no sería ninguna hazaña. Sin embargo, por los propios criterios que hace su comparación, ni siquiera llega al pie de un Getúlio Vargas (aun habiendo este caudillo sido un tirano adherido al fascismo por cierto periodo). Y menos aún al de João Goulart, pues ele sufrió los mayores sabotajes desde el primer día de gobierno y nunca llamó los dueños de ingenios de caña de azúcar de héroes. Al contrario, apoyó los trabajadores que combatían estas sanguijuelas. Goulart, aun siendo un burgués nacionalista y vacilante, fue derrumbado por un golpe civil militar organizado y sostenido por el imperialismo yanqui porque, de hecho, intentó llevar a cabo el proyecto de su grupo de realizar las “reformas de base”, comenzando por la reforma agraria. Minúsculamente, el PT, Luiz Inácio, Dilma, los oportunistas del PCdoB y demás “fisiológicos” arman hoy la gritaría de “golpe” porque están a punto de ser depuestos constitucional y legalmente, por votación del congreso que legitiman como la más democrática de las instituciones.

 A esta altura de los acontecimientos, aunque no se conforman, Luiz Inácio y su PT ya se dieron cuenta que están cosechando lo que sembraron. Pocos días atrás eran ellos que instigaban el show mediático-policialesco de la prisión de adversarios esposados. ¿Quién no se acuerda de la farsa cinematográfica protagonizada por el gobierno de Luiz Inácio, en 2008, con las prisiones de Daniel Dantas, Celso Pitta, Naji Nahas y otros notorios bandidos por la Policía Federal? Prisiones y presentaciones de los presos esposados, las cuales realizadas con el mismo espectáculo, filmadas por la propia policía y con los toques de la producción global.

 Apologistas de este viejo Estado, embelezadores de esta democracia corrupta y podrida, pasaron décadas hablando de supuestas élites para escamotear y esconder del pueblo brasileño sus verdaderos enemigos de clase: el imperialismo, la gran burguesía y los latifundistas. Debe ser  que las élites de que hablan son unas “malas élites” que disputan la gestión del Estado con otras “buenas élites”, estas con las cuales se enriquecieron con las propinas y el erário público. Esto, a pesar de ellos, Luiz Inácio y el PT, como los demás gobiernos anteriores, hayan proporcionado a todas ellas, inalteradamente, todos los privilegios y los mayores logros, como siempre insistió en jactarse el milagroso, refiriéndose a su gobierno: “Nunca en la historia de este país los banqueros lucraron tanto”.

 Por fin, Luiz Inácio atacó “algunos medios de comunicación” y llegó a nombrar la Red Globo, para la cual se había derretido después de haber sido electo presidente. Y, convocando el PT a reaccionar y recomenzar desde cero, avisó: “Creyeron que golpearon en la cabeza de la cascabel, pero golpearon en la cola...”. ¡Fanfarronada! Nadie más de que Luiz Inácio sabe que los militantes del PT — que algún día tuvieron ideas progresistas y aún socialistas — o ya saltaron fuera del barco por la traición del proyecto inicial o envejecieron acomodados en altos cargos y burocracias estatales. No pocos de estos son los nuevos ricos del país. Los nuevos miembros del PT, los afiliados desde su ascenso al tope del viejo Estado, entienden otra cosa por militancia. Son gente derechista, carrerista, todos ávidos por cargos rentosos. Luiz Inácio sabe que su PT, lejos de ser una cascabel, está más parecido con un castrado. No tanto por la suciedad propia de los suínos, más por el parasitismo de este ejemplar. Resta a Luiz Inácio entender su papel en todo esto, ya que es él el gran líder de esta “hazaña histórica”, como le gusta tanto jactarse.

 Al final ahí está lo que el PT y todos los oportunistas de su “frente popular” consiguieron con su “proyecto para el Brasil” vía viejo Estado genocida y su democracia hecha de cretinismo parlamentario y negociados corruptos: enlodar la honrada izquierda; consiguieron dar palenque para que la vieja derecha se levantase. Los canallas de la extrema derecha, atrincherada en medio de la gran burguesia, de los latifundiários, de las iglesias y también en las huestes de las clases medias, colocan en el PT y los demás oportunistas electoreros la etiqueta de “izquierda” e incluso de “comunista”. Esto constituye  un insulto repugnante a la verdadera izquierda, a los verdaderos comunistas y a la gloriosa memoria de los héroes y heroínas de nuestro pueblo que consagraron sus vidas a la causa de la independencia nacional, de la democracia popular y del socialismo.

 Pero todo este perjuicio no es nada delante de la explotación continuada de nuestro pueblo, de la miseria, de la opressão, de la represión sistemática e incesante que soporta en las favelas, barrios pobres y en el campo. Desgracias que el PT, Luiz Inácio y sus compinches intentaron encubrir con mucha propaganda ilusionista, créditos para endeudamiento de las masas pobres y programinhas assistencialistas recomendados por el Banco Mundial, en pago de votos. ¡Pero la crisis se profundiza y las masas están levantándose, la lucha continúa!

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