Estado en descomposición: más reaccionario y fascista

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La crisis económica, política, social, ética y moral que sacudió  Brasil trajo como principal consecuencia la desmoralización completa de su sistema político basado en elecciones farsescas. Tomando apenas los últimos 15 años, escándalos como mensalón y petrolón, exponiendo las vísceras del sistema, colocan para las masas la necesidad de una profunda transformación. Esta es imposible de acontecer sólo con el cambio de gobiernos y de las siglas del partido único – todas adheridas a la política de subyugación nacional. Se presenta entonces, en la orden del día, la cuestión de la sustitución de la vieja orden, a través de su demolición violenta.

Con el objetivo de impedir una transformación radical, los “garantizadores de la vieja orden” actúan por cima intentando hacer una asepsia cosmética en el sistema político para engañar las masas cada vez más enfurecidas e incrédulas de sus instituciones, incrementando más legislación reaccionaria, como siempre ha sido, antes con la nefanda “Ley de Seguridad Nacional” y, más recientemente, con la “Ley de Drogas” y la “Ley Antiterrorismo”, la creación de nuevos cuerpos policiales para la represión al pueblo, como la “Fuerza Nacional Seguridad” etc. Por bajo, colocando tropas en las calles, aumentando la represión sobre las poblaciones tanto en el campo, tipo “Operación Paz en el Campo”, como en la ciudad, como en la ocupación de favelas en Río de Janeiro y la sustitución de las Policías Militares por tropas de las FF.AA. (Fuerzas Armadas) en acciones en el Amazonas, Roraima, Maranhão, Espíritu Santo, Río Grande do Norte y Río de Janeiro. Para no hablar del envío de tropas para garantizar la realización de la farsa electoral.

El carácter semicolonial de este viejo Estado es comprobado, aún, en la gestión de todas las siglas del Partido Único, por la aceptación de la imposición del imperialismo de enviar tropas a Haití y, enseguida, su decisión de usarlas internamente como tropas adestradas en la represión al pueblo brasileño.

Quién o qué es el Estado

¿El Estado sería un ente público volcado a asegurar el bien común de toda sociedad, o sea, la autoridad electa por la mayoría del pueblo? ¿O sería él impuesto por determinado grupo poderoso, en el cual la gerencia y los partidos políticos compiten entre sí? ¿Tal como tanto se empeñan para hacernos creer, sería el Estado una entidad independiente de las clases de la sociedad en cuestión, así como de los intereses de estas?

En su primorosa obra, “El Estado y la Revolución”, que este año completa el centenario de su lanzamiento, Lenin, discurriendo sobre el origen del Estado como fruto de la división de la sociedad en clases decurrente del surgimiento de la propiedad privada, va buscar en Engels el argumento basilar que fundamenta el verdadero poder del Estado. Para Engels, “El segundo trazo característico del Estado es la institución de un poder público que ya no corresponde directamente a la población y se organiza también como fuerza armada. Ese poder público separado es indispensable, porque la organización espontánea de la población en armas se hizo imposible desde que la sociedad se dividió en clases”.

Lenin asevera que “Engels desarrolla la noción de esa ‘fuerza’ que se llama Estado, fuerza proveniente de la sociedad, pero superior a ella y que de ella se aleja cada vez más. ¿En qué consiste, principalmente, esa fuerza? En destacamentos de hombres armados que disponen de las prisiones etc.”, y añade: “El ejército permanente y la política son los principales instrumentos del poder gubernamental”.

La experiencia histórica de las relaciones sociales en las diversas sociedades que se sucedieron después de la división en clases sociales muestra la fuerza armada y sus derivaciones cumpliendo el papel de columna vertebral del Estado como sustentáculo de las clases dominantes en cada periodo histórico. Una fuerza armada al servicio del mantenimiento de la orden de opresión y explotación de una clase dominante sobre las clases dominadas.

El Estado imperialista y el Estado semicolonial

Como también nos enseña Lenin, con el adviento del imperialismo y la división del mundo entre un puñado de naciones adelantadas opresoras por un lado, y por otro, la inmensa mayoría de naciones oprimidas y explotadas, el carácter del Estado también se diferencia.

Para garantizar la explotación de las colonias y semicolonias, los Estados de las naciones imperialistas elevan de forma exponencial sus efectivos militares y, a través de guerras de rapiña o aún de acuerdos lesivos, establecen bases militares en las naciones explotadas instituyendo regímenes de sumisión nacional. Más que eso, la pura demostración de fuerza de su arsenal de flotas estratégicamente esparcidas y del poderío de su fuerza aérea con sus armas de destrucción masiva, por sí sólo, ya constituye un fuerte “argumento” para que otras naciones se curven a la política de subyugación nacional.

Así, las fuerzas armadas de los países imperialistas, además de cumplir la misión de garantizar la dominación de las clases dominantes en su territorio, expanden su papel para garantizar la dominación imperialista sobre las naciones oprimidas, haciéndose columna vertebral en la pugna interimperialista de reparto del mundo.

Por su parte, el Estado lacayo, en el caso de las naciones dominadas sometidas a la política de subyugación nacional, destituido de su independencia y su soberanía dada la condición semicolonial, tiene sus fuerzas armadas transformadas en tropas de ocupación al servicio del imperialismo, además de perros de guardia de las clases dominantes vasallas.

La reaccionarización en el Estado semicolonial

El imperialismo como fase superior y empodrecida del capitalismo busca sobrevida, por lo tanto, a través de un progresivo proceso de reaccionarización, tanto en la relación interna, en sus países, cuánto en las relaciones internacionales, extendiendo tal proceso a las semicolonias.

Para encubertar su reaccionarización utiliza las indumentarias de la vieja democracia, en verdad, dictadura burguesa, usando motes como “Estado democrático de derecho”, “elecciones libres”, “derechos humanos” etc. Mientras tanto, el poder es cada vez más concentrado en el ejecutivo para la práctica de la espoliación de las naciones oprimidas y la explotación de su propia población.

Si tomáramos como marco el final de la II Guerra Mundial, con la victoria del Ejército Rojo y de las fuerzas progresistas del mundo entero, el imperialismo pierde gran parte de su influencia, principalmente en Europa y en Asia.

En búsqueda de restaurar su dominación por completo, el imperialismo yanqui recogió del fascismo (en especial de su modalidad nazi) todo su arsenal de maldades con fines de hacerse no sólo potencia hegemónica, pero, superpotencia hegemónica única. Exacerbando su furia sanguinaria, causó grandes disturbios en China, Corea, Vietnam, Laos, Camboya, en Centroamérica y en el llamado Oriente Medio, entre tantos, y cosechó grandes derrotas.

Inició, también, la “Guerra Fría” por cuenta de la cual estableció la “Doctrina de la Seguridad Nacional” y obligó las semicolonias a implantar regímenes militares, oficializando el papel de sus fuerzas armadas como tropa de ocupación, inclusive, recibiendo entrenamiento en técnicas de tortura como método de obtención de informaciones en el combate a las luchas antiimperialistas y de liberación nacional, como fue comprobado durante la existencia de la “Escuela de Américas”.

Como centro de la “Doctrina de Seguridad Nacional” las fuerzas armadas de los países semicoloniales fueron entrenadas para combatir la figura del “enemigo interno”, siendo direccionadas a enfrentar diferentes blancos, pero para cumplir el mismo objetivo de tropa de ocupación. Al principio el “enemigo interno” fueron los comunistas, pero después, con la “caída del Muro de Berlín” y la derrota del social-imperialismo soviético, se centró en el “narcotráfico”, “narcoguerrilla” y, más recientemente, en el “terrorismo” islámico, en una estrategia desesperada por detener la revolución y, en especial, las luchas de liberación nacional.

Descomposición del viejo Estado y revolución

Así, queda comprobada la afirmación de Lenin según la cual “El ejército permanente y la política son los principales instrumentos del poder gubernamental”, además de reveladora de cómo las fuerzas armadas van asumiendo cada vez más abiertamente el papel de mantenedoras de la vieja orden cuando el sistema político entra en franca descomposición.

La lección que podemos tirar de la Historia es que, en el proceso de enfrentamiento entre las fuerzas del atraso y las fuerzas del progreso, los reaccionarios, tarde o temprano, fueron derrotados.

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