Editorial - Sólo la Revolución salvará el Brasil de la barbarie

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Los recientes actos de destrucción del parlamento paraguayo reavivaron la memoria de los acontecimientos de 2013, cuando la juventud enfurecida incendió parte del Palacio Tiradentes, sede del poder legislativo de Río de Janeiro. Nos recordaron, también, las últimas escaramuzas de funcionarios con salarios atrasados y amenazados de perder derechos.

Y hablando de revuelta del pueblo, ya se tornó rutina la protesta de las poblaciones de favelas contra ejecuciones y “balas perdidas” promovidas por la Policía Militar. En Río de Janeiro: Acari, Chapadão, Cidade de Deus, Mare, Alemán, Manguinhos, Morro dos Macacos, Complejo de Lins y Dona Marta son sólo una muestra de los últimos quince días de la guerra civil reaccionaria desencadenada contra el pueblo por las clases dominantes brasileñas, a través de su viejo Estado, con el incentivo y la justificación cínica del monopolio de la prensa.

Para mal o para bien, Río de Janeiro ha sido la vitrina del genocidio cotidiano que el Estado lleva a cabo en todo el país. En verdad, Río de Janeiro es la realidad más patente de la situación revolucionaria que se desarrolla en Brasil.

Por un lado, tenemos desde 2013 las acusaciones contra Cabral, aún gobernador, cuando profesores y la juventud le hicieron un cerco que culminó con su renuncia. A partir de entonces se juntaron revelaciones de corrupción de Cabral, Cunha, Cavendish, Odebrecht, Moreira Franco, Pezão, Eduardo Paes, Picciani, Eike Batista y, ahora, la cúpula del Tribunal de Cuentas del Estado (TCE), de la cual deberá listar, por lo menos, más un centenar de “ilustres” propietarios de suntuosos áticos en los nobles barrios de Leblon, Sao Conrado y Barra da Tijuca.

El robo desvergonzado en la Petrobras y en los cofres del estado y en el ayuntamiento de Río de Janeiro tuvo el efecto de transformar, de un momento para otro, irrisorios patrimonios en portentosas fortunas. Farras homéricas, viajes indescriptibles, joyas, regalos y bebidas caras formaron parte de la juerga de gastos ilimitada, hija de la ratería estratosférica.

La corrupción desenfrenada como modus operandi de este atrasado capitalismo burocrático tiene en la situación de falencia del estado de Río de Janeiro su faz más evidente. Tal situación amplía exponencialmente la miseria endémica de la población, abandonada en las cuestiones básicas de la convivencia social como salud, educación, transporte, habitación, saneamiento, en su existencia permanentemente a merced de la violencia del Estado y de la delincuencia.

¡Lejos de pensar que ese cuadro sólo ocurre en Río de Janeiro! Esa es también la realidad de estados como Minas Gerais, Río Grande do Sul y otros por todo Brasil. Lo que ocurre es que en Río de Janeiro el saqueo de las clases dominantes fue potencializado por la certidumbre de que, para los ricos, el crimen compensa, como de hecho nos comprueba la situación de condenados cumpliendo prisión domiciliar.

En el otro lado de la moneda, Río de Janeiro es la vitrina más sobrecogedora para las clases dominantes y su politiquería. Tomándose como marco las grandiosas manifestaciones de 2013, contra la Copa de las Confederaciones, contra la Copa de la Fifa, por la punición de los torturadores del régimen militar, contra las inmoralidades de Cabral, el boicot a la farsa electoral en 2014 y 2016 resultando en el bajísimo número de votos de los “electos”, las manifestaciones contra la retirada de derechos de los funcionarios públicos y de los trabajadores en general — con las reformas reaccionarias de la Sanidad y Laboral —, y, principalmente, las cotidianas protestas de los habitantes de barrios y favelas contra la cobarde represión policial y por acceso a los servicios públicos. Todas esas manifestaciones son claramente la demostración de que el pueblo no acepta más vivir bajo el bastón de la vieja orden y está indicando que solamente por la revuelta violenta podrá defenderse de las injusticias, abusos, explotación y salvajería del Estado genocida, del caos en que se hunde el país, en dirección a la barbarie.

Cansado de ver las promesas electoreras de todas las siglas del Partido Único no ser cumplidas o empeorar la situación, y receloso de las instituciones del proclamado “Estado Democrático de Derecho” (es decir, Estado de las clases dominantes para oprimir y explotar las masas), sólo resta al pueblo pugnar por una Revolución.

Una Revolución realizada por el frente único de las clases dominadas, bajo la hegemonía del proletariado: la clase obrera y el vasto semiproletariado urbano, el campesinado principalmente pobre, quilombolas, profesores, funcionarios públicos, pequeños y medios propietarios (de industrias, de comercios, de servicios y del campo), pueblos indígenas, juntamente con todo el pueblo oprimido. La Revolución de Nueva Democracia para barrer la semifeudalidad, el capitalismo burocrático y el imperialismo, basada en el confisco de los latifundios, el confisco y la nacionalización de los bancos, de las propiedades del imperialismo, de la gran burguesía local y la cancelación de las deudas interna y externa.

Con tales recursos, la Revolución podrá implementar la entrega de las tierras a los campesinos pobres sin tierra o con poca tierra, promover la producción nacional con trabajo, alimentación, educación, salud, transporte, habitación y saneamiento para toda la población, pues, diferente de las promesas electoreras, la Revolución tendrá en las manos los recursos provenientes de la confiscación de los bienes y capitales de los explotadores del pueblo.

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