Reseña crítica - La experiencia de Igor Mendes en la cárcel

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Revelándose un escritor talentoso y promisor, Igor Mendes, preso político de las manifestaciones de 2013 y 2014, produjo, en La pequeña prisión, su libro de estreno, publicado por la n-1 ediciones, un relato ágil y envolvente acerca de los principales hechos que marcaron los casi siete meses en que estuvo preso en el Complejo Penitenciario de Gericinó, en Río de Janeiro.

Ellan Lustosa/AND
Igor Mendes (foto: Ellan Lustosa/AND)
"Delante de nuestros verdugos es preciso demostrar coraje"

Aunque parezca ficción, dada la calidad literaria innegable del testimonio, los acontecimientos narrados en La pequeña prisión son cruelmente verdaderos. El autor se esforzó, desde el primer momento, para captar las minucias de cada situación experimentada en la cárcel.

No porque pensaba en escribir un libro luego saliera de allí, pero porque comprender el modo de funcionamiento de la prisión, con sus rituales y códigos propios, era una cuestión esencial para su supervivencia y para el proseguimiento de la lucha que encarnaba.

El libro es un retrato competente del odioso sistema carcelario brasileño. Pero no sólo. Es también un guía para enfrentar los caminos sinuosos de la lucha de clases en Brasil. Igor Mendes demuestra como su prisión fue resultado de la furia despertada en las clases dominantes por las luchas populares de los últimos años.

Si el intento de tales clases y sus representantes en el sistema político y judicial era infundir miedo al joven militante y a quien al lado de él osa luchar, fracasaron retumbantemente.

Ya en su primer pasaje de dentro del presidio, repasado a sus abogados, Igor escribió: “Saldré de aquí más convencido de que Brasil necesita de una gran revolución!”.

La pequeña prisión es también la autobiografía de un revolucionario, que, desde los 15 años, hizo una opción deliberada por las clases explotadas y por la causa de su emancipación; un revolucionario que, delante de las diversas y sórdidas tentativas de arruinar sus convicciones en los subterráneos de la sociedad, se mantuvo fuerte, sin desanimarse.

“Delante de nuestros verdugos, es preciso demostrar coraje”, dijo Igor por ocasión del evento de lanzamiento del libro en el Río.

La mazmorra en Gericinó

En varios momentos de la narrativa, Igor denuncia los arbitrios y las violaciones de derechos elementales practicados en el interior del Complejo Penitenciario de Gericinó, en la zona norte de Río.

La tortura formaba parte de la rutina carcelaria de Bangu 10, donde el militante quedó la mayor parte del tiempo. Diariamente allí, detenidos eran zurrados con golpes y puntapiés y, en algunos casos, hasta paladas eran dadas por guardias.

Igor cuenta el caso de un carcelero, llamado Jesús, que cierta vez interrumpió un culto evangélico y comenzó a agredir sin motivo el pastor que regía la ceremonia religiosa. Jesús, el carcelero, sólo paró de golpear en el preso cuando este desmayó.

Los actos infames de crueldad, sin embargo, no son de responsabilidad exclusiva de los funcionarios del presidio (carceleros, guardias y directores). “¿Qué es la propia privación de libertad, finalmente, sino una forma moderna de tortura, igualmente cruel, aunque socialmente acepta?”, llama la atención el autor.

El colectivo como protagonista

Rituales de humillación y tortura, como el corte rapado de los cabellos de los encarcelados así que ingresan en el sistema penitenciario, la privación en ciertos momentos de agua en un lugar absurdamente caliente como Bangu, o aún la comida desabrida ofertada, son algunas de las situaciones narradas en las 371 páginas de la obra.

Lo que sobresale, sin embargo, es la forma como la mayoría de los detenidos encara con dignidad y, particularmente, compañerismo la cárcel y la principal lucha que se traba en aquel lugar: la lucha por la supervivencia.

En la galería donde quedó, la “B”, en Bangu 10, Igor Mendes conoció y ayudó a construir una red de solidaridad con el objetivo de aplacar los más diversos problemas y desdichas. Presos hundidos en depresión eran ayudados, evitando que se aislaran en sí mismos; remedios para aliviar dolores musculares causados por las pésimas condiciones de las celdas eran compartidos; historias de vida y de muerte eran contadas para llenar el tiempo que insiste en no pasar.

Son incontables los personajes reales perfilados en el texto, cada cual con características propias y singulares, pero hay algo común a todos ellos: el régimen de riguroso aislamiento y el deseo de transformar la prisión en un lugar menos degradante y hostil.

Por eso, el protagonista de la narrativa no es exactamente Igor Mendes, pero el colectivo de encarcelados, las masas salidas de sectores más profundos del proletariado brasileño, sus “compañeros de desdicha”, como caracteriza el autor.

El propio Igor rechaza no sólo la victimización, discurso que marcó la actitud de algunos activistas envueltos en las manifestaciones recientes, pero también el papel de héroe. Él cree que el libro no habría existido si no fuera la brava y secular lucha del pueblo brasileño, a la cual él dedica la obra por medio de la referencia que hace a la Liga de los Campesinos Pobres (LCP) inmediatamente en las primeras páginas.

La experiencia de la prisión

Uno de los recursos utilizados por Igor para vencer la monotonía aterradora de la cadena era escribir con dentífrico lemas y frases diversas en las paredes de la celda – evidentemente, en locales fuera de la vista de los guardias y carceleros. Osar luchar, osar vencer, al lado del dibujo de la hoz y del martillo, fue una de las frases que marcó en la pared de Gericinó.

Literatura de la cárcel

No por coincidencia, antes de ser detenido, Igor Mendes ya era un ávido lector de la llamada literatura de la cárcel, que tiene en Graciliano Ramos y Dostoievski las principales referencias. Él conocía bien las experiencias de Papillon en la Cayena (Guyana Francesa) y del propio autor de Memorias de la cárcel en la Colonia Correcional de Dois Ríos. A un revolucionario la prisión no es extraña, ni improbable.

En consonancia con el activista, el libro del fallecido presidente de honra de la LCP, Alípio de Freitas, intitulado Resistir es preciso, lo ayudó a encarar la reclusión debido a la “sobriedad y sentido de realidad con que narra sus experiencias, y también por la combatividad y pasión revolucionarias inquebrantables defendidas por el autor”.

Es válido decir que, a su manera, el libro de Igor tiene puntos de contacto con Resurrección, uno de los grandes romances de Liev Tolstoi, escritor ruso del siglo XIX y del cual el militante es un lector fiel. A ejemplo de Tolstoi, que se desnudó de la ideología de su clase e hizo un contundente ataque al Estado autocrático ruso, Igor hace una crítica revolucionaria al Estado brasileño, con sus prisiones y policías, sus tribunales y gobernantes.

La pequeña prisión denuncia el carácter farsante de la judicatura, utilizado como disfraz para garantizar los privilegios de las clases dominantes y oprimir la población pobre y explotada. Indagado sobre el sentido de la justicia, Nekhliúdov, protagonista del romance de Tolstoi y perteneciente a la nobleza rusa, responde, con la conciencia atormentada, que el tribunal sirve sólo para el “mantenimiento del estado de cosas vigente, ventajoso para nuestra clase”.

Desde el primer momento, Igor Mendes insistió en resaltar que era un preso político. A pesar de eso, no recibió ningún tratamiento especial durante el periodo de la prisión. Como revolucionario, no tendría sentido diferenciarse de la masa carcelaria, en general reclutada junto a las clases por las cuales el activista escogió luchar y dedicar su vida.

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