Editorial - El triste fin de un proyecto de conciliación de clases

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La polarización que se generó en torno al proceso movido por la Procuraduría-General de la República (PGR) y recibido por la judicatura en la figura del juez Sérgio Moro terminó contribuyendo para que las pasiones se sobrepusieran a los hechos. Ciertamente, esto no se trató de una estupidez que hizo de Luiz Inácio y del PT víctimas de persecución política, como quieren algunos analistas. Muy al contrario, obedece al plan desesperado de un establishment dividido, que pretende viabilizar la elección de un presidente más confiable, por la sigla del Partido Único, preferentemente del PSDB.

¿Cuál plan? Mantener sobre ataque Luiz Inácio y el PT para darles palenque, fortaleciéndolos como un peligro y una amenaza de su retorno a la presidencia del país. ¿Para qué? Para producir el voto útil en un candidato del PSDB. Si la candidatura de Luiz Inácio crecer a punto de amenazar ir con mucha fuerza para el balotaje, harán como hicieron con el impeachment de Dilma y con la condena de Luiz Inácio en cuestión, inviabilizando su candidatura. Las clases dominantes explotadoras y opresoras exhiben su “Estado Democrático de Derecho” para violar su marco constitucional, legal, cuando se presenta necesario hacerlo.

Para demostrarse el carácter farsante de este juicio, sin efectivamente entrar en el mérito y mucho menos en las responsabilidades del PT y de Luiz Inácio en los casos de corrupción envolviendo la Petrobrás y contratistas, tenemos que volver a 2002 cuando fue su primera elección a la  gestión del Estado brasileño.

Tras tres disputas mal sucedidas levantando banderas de históricas reivindicaciones del pueblo brasileño, tal como la reforma agraria, además de la retórica del radicalismo pequeño-burgués, el PT resuelve elaborar un proyecto de declarada conciliación de clases, aprovechando el creciente descontento popular con las pésimas condiciones de vida. Esa situación fue agravada por la crisis cambiaria resultante de ocho años de gestión del PSDB, sacudiendo su viabilidad electoral.

En primer lugar, montó su candidatura teniendo como vice un representante de la gran burguesía, en su fracción burocrática, José de Alencar. En un segundo momento, para tranquilizar el “mercado” y la Embajada yanqui, firmó la “Carta a los brasileños”, expresando su acuerdo a la política de sumisión nacional impuesta por el imperialismo, principalmente yanqui. De ahí para frente autodenominándose “Lulinha paz y amor”.

Fue elegido y cumplió con el juramento, respetando todos los contratos firmados por la gestión de Cardoso con el FMI, Banco Mundial y Casa Branca. Colocó un latifundista en el Ministerio de la Agricultura, agradó el mercado con el zorro Henrique Meirelles, recién electo diputado federal por el PSDB, para cuidar el gallinero, o sea, del Banco Central.

Luiz Inácio, ya por la mitad de su gestión, se vanagloriaba de que jamás en la historia de Brasil los bancos y los ricos, en general, habían ganado tanto dinero. Para tal, él abrió las puertas del BNDES y amplió el crédito totalmente.

Como parte del proyecto de conciliación de clases, las clases dominantes, afectas al logro máximo, tuvieron que tragar el programa del Banco Mundial, el fracasado “hambre cero”, después transformado en Bolsa Familia, como consuelo a los más pobres del país. Eso, a la vez, dio al PT y a su frente oportunista electorera la base de donde creó la clientela de corral electoral, además de cooptar las organizaciones sindicales y populares.

Con el pasar del tiempo, la relación entre el oportunismo y sus amos fue llegando a un nivel que exigía redefinición del acuerdo. La crisis económica mundial de 2008 cobraba de las colonias y semicolonias cubrir los perjuicios del imperialismo.

Ya en la gestión de Dilma Rousseff, el “mercado” exigía la implementación  de un programa liberal que significaba, principalmente, retirar derechos de los trabajadores y avanzar sobre la renta de los mismos por medio del desempleo y aprieto salarial.

Con su política de cooptación y corporativización de las organizaciones de los trabajadores, el PT desarmó el proletariado y los funcionarios para el enfrentamiento contra el enemigo de clase (cooptando las centrales sindicales), usó la Contag y MST en sus estructuras burocráticas, cambiando sus acciones para apoyar el gobierno, mientras organizó la represión más cobarde, como todas las gestiones anteriores, contra el movimiento campesino combativo por medio de su genocida Operación “Paz en el Campo”. Así consolidó su alianza con los sectores más retrógrados de la sociedad dentro de la vieja política del “es dando que se recibe”.

Llegada la segunda elección de Dilma Rousseff, en una campaña en que esta negaba la retirada de derechos de los trabajadores, llegando a declarar que, bajo su gestión, eso no ocurriría “ni que la vaca tosiese”, bastó ponerse electa para llamar un banquero (Joaquim Levy) para implementar el programa defendido por su principal concurrente Aécio Nieves/PSDB. Delante del boicot de parte de los militantes del PT, el banquero no consiguió implementar las medidas pretendidas. Ahí la crisis se instaló con todas las vicisitudes que ella puede traer: impeachment, casación, “Lava Jato” y crisis económica, social, política y moral en que se hundió el país.

Como advertimos en la época, la instalación de la Operación “Lava Jato”, manejada por la Embajada yanqui y Red Globo, tiene el objetivo de lavar la fachada del sistema para revertir la seria crisis de credibilidad y legitimidad de las carcomidas instituciones del viejo Estado. Para hacerse creer verdadera, atacó un amplio espectro de las cúpulas partidarias para alcanzar los políticos envueltos en corrupciones y propinas venidas de contratistas y de la Petrobrás. Pero, direccionándose especialmente para representantes del PT, simplemente por haber sido un día de izquierda – con destaque para los dirigentes como José Dirceu y Luiz Inácio,  entre otros – tuvo el objetivo de quemar la izquierda como corrupta y con esto debilitar cualquier perspectiva verdaderamente revolucionaria, en medio de la grave crisis de dominación que se abrió en el país.

Americanófilos instalados en la PGR, en las esferas de la Judicatura y en lo alto Mando de las Fuerzas Armadas, instigando la alcahuetería promovida con el instituto de la delación premiada, lanzaron la red al mar arrastrando peces de todos los tamaños, sin embargo, recogiendo preferentemente petistas.

La actuación de los tribunales, en este caso, no pasa de juego de escena para conducir en el fin de la línea del manejo ya trazado por el imperialismo y sus serviles.

Aunque renueve  juras a la fracción burocrática de la gran burguesía, el oportunismo petista no podrá reeditar su proyecto de conciliación de clases basado en el asistencialismo y remedo de desarrollismo, pues que ya fueron usados – y desempeñaron el papel de serviles – para cumplir los propósitos pretendidos por las clases dominantes en la gestión del viejo Estado. Ahora sólo les está reservado un papel secundario como fuerza auxiliar de la vieja orden.

No es la primera vez en la historia que el oportunismo se da mal, dando lugar a la  vieja derecha enfurecida, a los sectores más reaccionarios y entreguistas de las clases dominantes. Como un día, ya remoto, fueron de izquierda y siguen posando cómo si fueran, son llamados hasta de comunistas por la derecha fascista energúmena y, mañosamente, de izquierda populista por el PSDB y otros. ¡Nada de eso! Rigurosamente, el PT ni siquiera puede ser considerado socialista burgués. Pero, su miserable destino es el de ser tan solamente socio menor en la administración del Estado burgués, latifundista, servil del imperialismo.

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