Fascista atado con correa canina y los generales dando las cartas

El Bolsonaro agitador y fiscal del caos dio lugar, en el mes de julio, a su contrario. Bajo las nuevas condiciones abiertas con la prisión de Queiroz y la amenaza de prender su esposa juntamente con los rumores de “delación premiada”, la única forma que Bolsonaro encontró para mantenerse en su cargo fue esa. En ese contexto, él se abre a las negociaciones con el “centrón”, les cede cargos en direcciones de estatales y promueve el “toma y dame” que tanto demonizó. 

En julio, el “caballo de batalla” entre el gobierno Bolsonaro/generales y el Congreso fue la permanencia del Fondo de Mantenimiento y Desarrollo de la Educación Básica (Fundeb), cuya derrota Bolsonaro sufrió. Fue obligado a apoyarla públicamente, intentando borrar la imagen del fracaso, y buscando ganar votos para los proyectos más importantes.

Después, por pedido del “centrón” y directiva del Alto Mando de las Fuerzas Armadas (ACFA), Bolsonaro se ve obligado a intercambiar el liderazgo en la Cámara, que hasta entonces era ocupado por el bolsonarista Victor Hugo (PSL), para una figura que probablemente será conectada a aquel antro fisiológico, más fácil de – pagando bien – hacer pasar las medidas que los generales quieren. El liderazgo del gobierno en el Senado, por ejemplo, ya es ejercido por el MDB.

Aún en julio, el fanfarrón fascista nombró indicados políticos para prácticamente todas las direcciones del Fundeb, en un modo de hacer política que Bolsonaro tanto afirmó ser contra.

Correlaciones de fuerzas, fracciones y grupos

Toda esa pugna y colusión alternándose son reflejo, por un lado, de la lucha entre las fracciones de las clases dominantes y sus respectivos grupos de poder en el terreno político, objetivando conquistar mejores posiciones en función de sus intereses económicos y, por otro, de la lucha por la dirección del aparato de Estado, principalmente las tres fuerzas reaccionarias (extrema-derecha, derecha militar-civil y centro-derecha parlamentaria).

La extrema-derecha bolsonarista, en jaque, se aproxima del “centrón”, al cual siempre atacó, para impedir el impeachment y para no inviabilizar sus medidas – necesarias para recuperar la economía y sostenerse con una base social en el seno de las clases dominantes y también apoyo popular. Eso, claro, sin perder de vista su objetivo estratégico: el golpe militar culminando en su régimen fascista.

La derecha militar-civil, por su parte, sigue con la “Espada de Damocles” sobre Bolsonaro y garantizando la “negociación” del gobierno con el parlamento, para pasar las medidas económicas e impulsar el capitalismo burocrático, tentando abortar el inevitable caos social y la rebelión de las masas. En el curso de la ofensiva contrarrevolucionaria, se sirve de la Operación “Lava Jato”, con la cual torpedeó la falsa izquierda, para acosar a la centro-derecha (derecha tradicional) por ser la más desmoralizada y simbólica de la putrefacción a que llegó el viejo Estado brasileño y su sistema político, a la vez que maniobra con la misma centro-derecha para aislar la extrema-derecha bolsonarista. Ofensiva contrarrevolucionaria desatada en 2015 después de los levantes de masas de 2013-14, para recuperar la legitimidad popular del viejo Estado y su sistema de explotación y opresión, impulsar la súper explotación y conjurar el riesgo de una Revolución.

Un nuevo episodio de esa ofensiva fue, a propósito, las operaciones contra José Serra y Geraldo Alckmin, en el fin de julio, cuyo objetivo es seguir imponiendo derrotas políticas a la centro-derecha, desmoralizarla ante la opinión pública, para seguir impulsando la concentración de Poder en el Ejecutivo.

La centro-derecha parlamentaria y los diversos grupos de poder que actúan en su seno, en medio a eso, aprovechan para imponer más derrotas al gobierno militar de hecho – tanto a la extrema-derecha como a la derecha, de modo a presionarlo a abrirse más, ceder espacios y objetivando a desacelerar la ofensiva contrarrevolucionaria que,  entre otras cosas, les retira funciones y poder. La medida del Fundeb – que impone una carga al presupuesto del gobierno, aunque, claro, sea irrelevante comparada a los miles de millones cedidos anualmente a los bancos – es parte de esa pugna.

Además, la pugna prosigue aún en torno a cuál fracción de la gran burguesía – la burocrática, más vinculada al aparato de Estado, o la compradora – detendrá hegemonía del monopolio sobre la economía. Especialmente sobre eso está en discusión la privatización de la Eletrobras. Cada uno de los grupos de poder, perteneciente a una de esas fracciones, se alterna entre las diferentes fuerzas a depender de cuál proyecto cederle mayor hegemonía, más ventaja. Es la ley de la política burguesa (exacerbada en un país semifeudal-semicolonial): las clases dominantes están profundamente fragmentadas, divididas en mil pedazos en la lucha por intereses individuales, pero principalmente por la hegemonía en el aparato de Estado, y las une en la imposición de las políticas dictadas por el imperialismo de retirada de derechos de los trabajadores y de entreguismo  de las riquezas naturales.

Por esas y otras ha sido imposible a las clases dominantes y al imperialismo yanqui, en ese contexto de repulsa de las masas a la vieja orden y de agravada crisis general del capitalismo burocrático, adoptar las medidas necesarias para salvar el sistema de explotación y opresión. Por ese motivo la necesidad, para la reacción, de la ofensiva contrarrevolucionaria, que intenta imponer a un sector de las clases dominantes (aglutinado en la centro-derecha y aún en la falsa izquierda oportunista, y apuntando contra la fracción burocrática de la gran burguesía, aunque esta tenga su representación en parte de los generales) la “solución” a través de la fuerza, del golpe militar, sin embargo conducido paso a paso y por la vía de “reformas” de la constitución vigente.

No es que tal ofensiva sea contra la corrupción: este es el artificio, la bandera levantada para que el público apoye y sea posible aislar el contendiente, pues la corrupción – bien sabemos por la historia del régimen militar – como siempre, abunda en el seno de las Fuerzas Armadas, particularmente de su cúpula, casta burocrática ociosa, especialista en planificar todo y hacer nada.

Sin embargo, quien más ha sufrido y sufrirá con el avance de esa ofensiva son las masas. Para barrer la corrupción extremada – que drena el dinero de los impuestos del pueblo para los cofres de los banqueros, contratistas y latifundistas –, barrer el hambre y la opresión sólo existe el camino de la Revolución Democrática, Agraria y Anti-imperialista. Su lucha, de curso tormentoso, doloroso, en medio a mil dificultades, está condenada a triunfar. Al término, el pueblo alcanzará sus legítimas aspiraciones y la Nación, su independencia.

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