Arte y ciencia al servicio de la tortura

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El cine yanqui siempre sirvió de apoyo a las iniciativas bélicas de aquel país. Legitimó el casi exterminio de sus pueblos indígenas que exprimidos en la costa oeste impedían el progreso de la nueva nación. La televisión y el cine nos mostraron que al sur del país  había bandos de pistoleros, perezosos y bebedores de tequila, un buen motivo para diezmarlos y apoderarse de un tercio del territorio mejicano.

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De la Segunda Guerra Mundial existe una enorme cantidad de películas en las que se exaltan los valores de sus soldados en contraposición a los de Alemania y Japón. Contra Corea también. Durante la Guerra Fría sus espías llenos de encanto salvaban al mundo de la amenaza roja.  Apenas en un breve período se permitieron autocríticas sobre la guerra de Vietnam. Pero esto fue superado. El imperialismo renovado necesita del apoyo patriótico de sus cineastas. El objetivo ahora parece ser defender la tortura como herramienta legítima y mostrar al torturador como alguien humano que sufre al realizar esa tarea justificada.

Este mes estrenó en los cines del país Búsqueda implacable (Taken) con Liam Neeson. Aquí un agente de la inteligencia yanqui retirado, tiene su hija secuestrada en Francia. Para salvarla viaja hasta Paris donde en sus suburbios, además de matar decenas de inmigrantes albanases da choques eléctricos hasta la muerte a uno de ellos, todo eso plenamente justificado ya que se trata de un justiciero cazando bandidos.

 Mientras comete su acto cuenta que en otros países, del tercer mundo, tenía problemas  porque la electricidad a veces caía, pero que en Francia no tendría esos inconvenientes. Este hombre que dedicó su existencia a su país "evitando males" sufrió mucho en su vida porque debía ausentarse para trabajar por el mundo y así acabó perdiendo a su esposa y distanciándose de su hija. Pero ahora sabiendo de lo que es capaz todos lo valorizan.

Otro lanzamiento de este año es Torturados (Tortured) con Lawrence Fishburne. Un agente yanqui vuelve de la guerra de Afganistán y pasa a trabajar dentro de USA. Su misión es infiltrarse en una organización criminal para poder desbaratarla. Cuando consigue entrar en ella la primera tarea que los mafiosos le dan es torturar al contador de la misma por que desconfían que desvió  U$S 10 millones. Él, como agente, realiza el trabajo con total desenvoltura ya que fue entrenado para esto. Con la mayor naturalidad extrae uñas y dientes. Al final de cada día el jefe de los delincuentes, que nadie sabe quién es, le telefonea dice que vio las grabaciones de la tortura y le ordena para continuar al día siguiente. Después de un tiempo el agente comienza a pensar que su víctima tal vez  sea inocente. Imploró por su vida, dijo tener familia.

Ahí se inicia su drama de conciencia. Sueña torturando toda una familia. ¿Debe sacrificarse continuando en esa misión que su patria pide o desiste? Su vida personal es abalada ¿cómo decir a su novia cual es su trabajo? Pide ayuda a sus superiores que le indican un sicólogo con experiencia en estas flaquezas. Ahora, con apoyo profesional consigue ir adelante. Al final quedamos sabiendo que el torturado era el jefe de la organización. Sí, eso mismo. El torturado físicamente en realidad estaba torturando sicológicamente al agente obligándolo a torturar.

El objetivo de estas películas es convencernos que los agentes yanquis torturadores son las víctimas de la maldad de este mundo.

En medio a este disparate fascista hay algo real. La incorporación de sicólogos para apoyo de torturadores.

Sicólogos cómplices de tortura

Durante la guerra de Corea fue creado el programa de entrenamiento militar secreto SERE "Supervivencia, Evasión, Resistencia y Escape" que preparaba los soldados para soportar en caso de ser presos por el enemigo. A este método le fue aplicado lo que se llama de ingeniería reversa. O sea, si nació con el objetivo de que sus soldados resistiesen a casos de tortura ahora el SERE es para torturar a quienes ellos definan como enemigos.

Con este propósito los sicólogos James Elmer Mitchell y Bruce Jessen elaboraron una nueva técnica basada en la tortura sicológica, repasándola a los nuevos aprendices del SERE.

Paralelamente otros doctores vinculados a la universidad de Yale, ayudaron a elaborar el manual Kubark, una obra indispensable para el torturador moderno. En él se trata tan científicamente la materia que el pobre infeliz que cae en las garras de ellos es denominado de "fuente resistente de información".

Las nuevas técnicas no dispensan totalmente el sufrimiento físico, pero enfatizan el mental. Después de años experimentando electrochoque, LSD, mezcalina, pentotal de sodio (suero de la verdad) y otras drogas sin conseguir quebrar a voluntad bajo interrogatorio, estudios millonarios llevaron a un nuevo camino: privando los sentidos de una persona al cabo de 48 horas es posible inducir un estado de sicosis y alucinaciones; obligando a la víctima a permanecer en pie sus fluidos corporales se acumulan en las piernas, los riñones entran en colapso y sufre alucinaciones. Partiendo de estos conceptos generales aplicados de diferentes formas y sumados a un análisis individualizado donde se estudian características como religión, principios morales, miedos de cada uno, los científicos de la tortura llegan a un tratamiento personalizado.

Cuando la imprenta en 2005 denunció estos profesionales trabajando para la CIA la Asociación de Psicólogos Americanos (APA) montó una comisión para examinar el caso: el Grupo de Ética y Seguridad Nacional (PENS). Este grupo que en su mayoría era formado por profesionales vinculados a agencias militares o de inteligencia, llegó a la conclusión de que esos sicólogos desempeñaban "un papel valioso y ético"  y que "dentro de un papel consultivo en la interrogación y recogimiento de informaciones para fines relacionados a la seguridad nacional, es consistente con el Código de Ética de la APA"

Hasta 1984 decenas de millares de militares y policías de las Américas fueron entrenados en la tristemente famosa Escuela de las Américas en Panamá de donde salió el material "humano" que cometió las mayores atrocidades de las dictaduras latinoamericanas.

Luego la escuela se instaló en el Fuerte Bening, USA.

Ahora en tiempos de nuevos desafíos "democráticos" los profesionales de la represión necesitan ser actualizados. En 2001, la Escuela de las Américas cambió su nombre para Instituto del Hemisferio Occidental para Cooperación y Seguridad (WHINSEC), que tuvo entre sus alumnos algunos de los envueltos en asesinatos, secuestros y torturas en Bolivia, /el Salvador, Venezuela entre otros. Actualmente hay una delegación del Ejército "Brasileño" en Whinsec, ciertamente se perfeccionando en métodos que ya conoce bien.

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