La Revolución depende de las masas, no de las computadoras

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El día 6 de junio de este año, la presidenta de Argentina, Cristina Kirchner, insistió en prestigiar la inauguración de la oficina de la empresa yanqui de tecnología Google en la capital de su país, Buenos Aires. Compareció y dijo que internet garantiza la "democratización" del acceso a la información. En su comprensión, la red mundial de computadoras "confronta y vence" el sistema formal de los medios de comunicación.

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Fue un recado claro, en el mejor estilo peronista, al más prominente representante del monopolio de los medios de comunicación que opera en nuestro país vecino, el grupo Clarín, con el cual Cristina y Néstor Kirchner viven una rutina de enfrentamiento – por razones que remiten a disputas particulares en el seno de las clases dominantes de Argentina, de las cuales forman parte tanto la pareja cuanto el periódico.

En primer lugar, hablar en democratización del acceso a la información en un evento en el cual la Google hace las veces de anfitriona, no pasa de demagogia.

La empresa californiana comprueba, como ninguna otra, el hecho de que la lógica del capital monopolista vale también para el sector de alta tecnología. Saludada como "el mayor fenómeno empresarial de las últimas décadas", la Google viene llevando a cabo su promesa – que debe ser vista más como amenaza totalitaria – de organizar "toda la información del mundo". Para tanto, sólo en el periodo de enero de 2001 a julio de 2007, la gigante de la internet ya realizó nada menos de que 42 adquisiciones de otras firmas y pequeñas empresas de tecnología. Un verdadero tiburón que acostumbra ser saludado por ahí como el príncipe de los delfines.

En segundo lugar, cuando Cristina Kirchner afirma que internet hizo posible el enfrentamiento y la victoria sobre el monopolio de los medios de comunicación, se trata de algo que ultrapasa la hipocresía del momento, alimentando algunos mitos sobre el desarrollo tecnológico, bastante contraproducentes para los reales anhelos revolucionarios, siendo muy útiles sólo para el discurso y para las engranajes de la orden vigente.

Oyendo a la presidenta de Argentina se puede presumir que la red mundial de ordenadores hizo posible órganos de información comprometidos con las clases populares; es posible suponer que, gracias a la evolución del ambiente online, el alcance de la información que interesa al pueblo haya roto la barrera impuesta por la masificación de los vehículos burgueses, constituyendo alternativas reales a la mentiras y a la desinformación reinantes en el "sistema formal de comunicación".

Se trata de una ilusión que no resiste a una observación más atenta de la realidad. La versión para internet del propio periódico Clarín, por ejemplo, es la página en lengua española más visitada de la red informática mundial, lo que significa que el dominio del grupo Clarín en el "sistema formal de comunicación" finalmente se reprodujo en el ambiente online – el cual la presidente de Argentina, con su inconfundible demagogia, intentó hacer creer que sería marcado por la ausencia de los grilletes informativos.

En pocas palabras, el dominio de sus decenas de periódicos y emisoras de radio y TV se reprodujo en el dominio de sus decenas de websites informativos, deportivos, opinativos y de entretenimiento.

Panacea digital

Lo mismo acontece con el equivalente en Brasil al grupo Clarín: las Organizaciones Globo, vieja conocida de los trabajadores brasileños. Famosa por la dupla que edita y reedita con el gran capital internacional y por sus campañas de odio a la clases populares, la Globo construyó un imperio de comunicación en la base de la trapaza, de las prácticas monopolistas, fraudes y de todo más que el poder económico es capaz de emprender.

El hecho es que, hoy el conglomerado de la familia Marinho domina el mercado editorial y el audiovisual en Brasil a través de la Red Globo, Editora Globo, Sistema Globo de Radio y NET (sistema de TV por cabo).

En la teoría, según los pregoneros de la panacea digital, el adviento de la internet y de las nuevas tecnologías de la información habrían permitido el surgimiento de redes alternativas de difusión de conocimiento capaces de resistir a la fuerza del monopolio nacional de los medios de comunicación – y después condenarlo al tacho de basura de la historia.

En la práctica, el portal informativo de las Organizaciones Globo, la G1, es actualmente el líder absoluto en accesos entre los "internautas" nacionales. El segundo colocado es sitio Folha online, del grupo Folha, que edita el periódico Folha de S. Paulo.

Los dos grupos de comunicación que controlan los periódicos de mayor alcance en Brasil controlan también, con la Google, el tráfico en internet a partir de ordenadores utilizados en territorio nacional.

Esto acontece a causa de algo que huyó a los entusiastas más ingenuos de las nuevas tecnologías, o que fue debidamente ocultado por los vendedores de ilusiones: los avances tecnológicos en sí no alteran la correlación de fuerzas que existe en una sociedad dividida en clases, mucho menos representan, ellos propios, cualquier perspectiva de superación de la orden burguesa.

Por lo contrario. No obstante los espacios que dejan para las voces disidentes, el desarrollo y la diseminación de las nuevas tecnologías de la información tienden a ocurrir a la imagen y semejanza de la base capitalista. Sería mucha ingenuidad imaginar que el poder económico entregaría a las masas herramientas que sirvieran para su emancipación, justamente aquellas idealizadas y construidas bajo la égida de sus estructuras de investigación.

No se puede olvidar que internet, por ejemplo, nació en el Pentágono, la sede del Departamento de Defensa del USA. Su desarrollo aconteció en bases monopolistas, con todas las características propias de la reproducción capitalista. El sector ya tuvo hasta su gran crisis, la de las llamadas "empresas pontocom", que aconteció en 2001.

En la ocasión, 248 de estas empresas quebraron, y 380 acciones dejaron de ser negociadas en Nasdaq, la bolsa de valores creada por los especuladores yanquis especialmente para la timba con "la nueva economía".

Arquitectos, y no abejas

Es innegable que internet trae nuevas posibilidades para grupos y movimientos comprometidos con las expectativas de las masas, principalmente para aquellos que actúan en el campo específico de la comunicación. Pero la verdad es que el llamado "espacio virtual" es apenas otro frente de combate entre tantos otros. Su apropiación en pro de los anhelos de las clases populares es sólo una entre tantas luchas a ser trabadas de acuerdo con el objetivo final de emancipación del pueblo trabajador frente al capital.

Los esfuerzos revolucionarios emprendidos en el campo de la comunicación estarán siempre condicionados por la transformación de las estructuras económicas y sociales más importantes. Los primeros no tendrán éxito sin la segunda, y viceversa.

Pensar que las parafernalias electrónicas, virtuales, digitales y cosas del tipo no están, o no serán determinadas por las cuestiones políticas y de clase es creer piamente en algo que no pasa de un mito: que la tecnología de punta, ella propia, un día salvará el mundo, hará los pueblos hermanos, acabará con las injusticias y la opresión, y hará con que vivamos todos en una especie de Edén eterno.

La historia de la tecnología es la historia de las diferentes correlaciones de las fuerzas de clase. Su desarrollo refleja el curso de las relaciones entre trabajo y capital. "Sería posible escribir toda una historia de las invenciones desde 1830 con el único objetivo de suministrar armas al capital contra las revueltas de la clase obrera", escribió Karl Marx en El Capital.

El propio Marx, sin embargo, resaltó que nosotros, seres humanos, somos arquitectos, y no abejas. Cabe a la clase trabajadora estar en la línea de frente del proceso revolucionario que irá a poner un fin al uso de la tecnología para multiplicar los logros de los patrones y alimentar el poder opresor. Este proceso culminará en el uso de la tecnología para mediar actividades humanas teniendo como fin los intereses comunes.

El resto es mentiras, como cualquier falsa esperanza de que los avances de la ciencia y el perfeccionamiento de las máquinas resultarán en algún milagro que liberará los pueblos, a la manera de Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo con su cayado para hacer pasar el pueblo de Egipto.

La fuerza es del pueblo, no de los microchips

En comparación con la época de las máquinas de telar y a vapor, la realidad hoy tiene un elemento a más. Áreas de investigación y desarrollo como la física nuclear y la nanotecnología – que alimentan las industrias de la electrónica y de la ciencia de la computación – hicieron posibles que la tecnología como bien de consumo asumiera tanta importancia cuanto la tecnología mientras bien de capital.

O sea, los teléfonos celulares con acceso al internet sin hilo tienen componentes tan avanzados cuánto los modernos robots usados para fabricarlos. Gracias al ritmo cada vez más acelerado del avance de las técnicas, se hacen aún más complejos tanto los bienes de capital cuánto los de consumo vendidos con el gancho de la técnica purificada.

Los vendedores de ilusión juran que junto con los productos electrónicos vienen, además de los manuales, facilidades y libertades antes inimaginables para los simples mortales. Además de celulares con múltiples funciones, son computadoras, programas informáticos capaces de mostrar imágenes de satélite, redes sin hilo de alta velocidad por donde circula todo tipo de información, y todo más que se pueda concebir con un design elegante y una novedad de más.

No importa. Se puede estar altamente equipado con lo que hay – y habrá – de más moderno, pero nada de esto adelantará para las masas sin tener la conciencia de que hoy la producción y la utilización de las nuevas tecnologías están condicionadas por la cartilla imperialista, por la lógica del mercado, por las demandas de las empresas.

Para los trabajadores, ellas no servirán para nada si no fueran politizadas, utilizadas en pro del pueblo, sin ilusiones sobre los límites de sus potencialidades, y teniendo la conciencia de que este límite está mucho, mucho más allá de cualquier "revolución" cuyos protagonistas los demagogos dicen ser los microchips.

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