Lenin incendiario: Lecciones de la táctica bolchevique durante la primera revolución rusa de 1905 (parte 1)

Lenin retratado disfarçado, na clandestinidade, em meados de 1905.
Lenin retratado disfarçado, na clandestinidade, em meados de 1905.

Lenin incendiario: Lecciones de la táctica bolchevique durante la primera revolución rusa de 1905 (parte 1)

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Traducción Enrique Chiappa

 

Nota introductoria

Dos motivos me animaron a escribir este brevísimo ensayo sobre la táctica bolchevique en 1905, a los cuales se suma la celebración por los 150 años de nacimiento del gran Lenin. Fueron ellos:

1) El evidente interés histórico del tema. Hay, hoy en día, dos especies de ataques al marxismo: uno, viniendo de sus enemigos declarados, que quieren transformar la primera embestida por el socialismo en una serie de “errores” y de “crímenes”; que pintan esta democracia burguesa, putrefacta, como lo máximo del desarrollo humano, más allá del cuál no hay nada. Otro tipo de ataque, más insidioso, funciona como una especie de Caballo de Troya: en nombre del marxismo, invocando las experiencias revolucionarias (oportunamente deturpadas), algunos quieren convertir sus dirigentes en seres anémicos, dubios, cuando no, en liberales por la mitad, en iconos inofensivos etc. Es un viejo truco. Estos “amigos” quieren hacer, en suma, de este fantasma inventado por la extrema-derecha – el tal “marxismo cultural”, que nada tiene a ver con el marxismo de Marx – un ser de carne y hueso; quieren convertir la doctrina que enseña el proletariado a luchar por el poder en un mero guía comportamental, electoral, perfectamente adaptado a la vieja orden. En parte, esto explica porque – sobre todo en los periodos de auge – algunos jóvenes prefieren acorrer a las frases grandilocuentes y huecas del anarquismo a seguir semejante “marxismo”.

El lector verá que la potencia del maduro Lenin de 1917, jefe de la revolución y de la guerra civil que la siguió, ya existe en el relativamente joven Lenin de 1905. Un propósito, una única posición de clase, una actuación revolucionaria coherente, una militancia ardiente, enamorada, incendiaria realmente: este es el Lenin de carne y hueso. Varios temas que reaparecerán en 1917 – la dualidad de poderes, la creación del ejército revolucionario, la lucha de muerte contra los oportunistas, la necesidad de preparar cuidadosamente la insurrección y fijar el momento exacto de su fecha – ya están aquí, en 1905. En realidad, los bolcheviques nunca renunciaron a las herencias de la primera tentativa, al contrario, se propusieron a aprender de los errores para “afilar más la cuchilla”, y, por eso, vencieron. Tal lección, de fondo, válida en este proceso histórico determinado, parece ser válida también para analizar el proceso histórico en su conjunto. Una gran cuestión para el triunfo de la revolución en el siglo XXI es saber defender las herencias de la revolución el siglo XX.

2) La política. En todo el mundo, y particularmente en América Latina, en el último año, eclosionaron rebeliones populares. No raro, ellas llegaron al umbral de la guerra civil. ¿Cómo orientarse cuando la marea de la lucha de clases parece superar las fuerzas propias de los revolucionarios? ¿Cómo no perderse, en medio del torbellino? ¿Cómo hacer resonar las voces que llaman las masas al combate decisivo, cuando parecen ser más fuertes – y, en un cierto sentido, al menos material, ciertamente son más fuertes – las voces que las llaman a la capitulación?

Mutatis mutandis, en 1905 los bolcheviques se depararon con interrogaciones de ese tipo. Observar cómo Lenin las respondió es particularmente relevante, ahora. Parece paradoxal, pero observar más de cerca sus pasos de hace 115 años tal vez sea, hoy, una cuestión de las más urgentes.

Finalmente, un último punto: el método. Esto no es una compilación de citaciones, porque ellas ya existen y mejores de lo que yo podría hacer. Intenté encuadrar los textos dentro de la situación real. Leyendo los artículos de Lenin, se percibe que él fue no sólo el intérprete perspicaz, como también el mejor narrador de la revolución en curso. Además de los tomos VIII, IX y X de las obras completas1, que comprenden el periodo en vista, también fue de gran utilidad la lectura de sus cartas de 1905, que están en el tomo XXXVIII de la referida edición. En las cartas, veremos, además del teórico de peso y del organizador intrépido, el hombre práctico, enamorado, que también se aflige, se impacienta, que se preocupa y aconseja sus camaradas y ansía volver, cuanto antes, para la Rusia revolucionaria. Para completar el cuadro, usamos también como fuentes el Compendio de Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la URSS, publicado en la URSS en 1938, cuya primera edición brasileña es del Editorial Victoria de 1945, y la biografía Lenin (su vida y su obra), escrita en la URSS en 1945 y publicada en Brasil por el Editorial Victoria en 1955. En sólo dos o tres ocasiones, a lo sumo, recurrí a textos de Lenin posteriores a 1905, aun así, cuando estaban estrictamente relacionados a los acontecimientos narrados. No tendría sentido reconstituir una batalla, prestando a los combatientes armas que ellos desconocían. Lo interesante es aún ver a través de cuáles batallas las nuevas armas serán forjadas.

Río, diciembre de 2019

 

Lenin incendiario

“Yendo al combate, debemos desear la victoria y saber indicar el verdadero camino que a ella conduce”. (Lenin)

 

En diciembre de 1907, la dirección bolchevique decidió por la salida de Lenin de Rusia2. Después de dos años de auge revolucionario, dos años de la mayor revolución popular desde la Comuna de París (1871), enfriaba la fuerza de las masas, caía la noche sobre su primera embestida contra la autocracia zarista.

El jefe del partido proletario iniciaría su segundo periodo de emigración, el más largo y penoso. Después de meses de febril actividad en la propia Rusia, dirigiendo reuniones clandestinas, escribiendo e interviniendo en numerosas polémicas, hablando directamente a las masas, consolidando los grupos de combate – “embriones del ejército revolucionario” – Lenin tendría que defender desde el “maldito exilio” los principios del marxismo contra los renegados y capitulacionistas. Sobre este periodo de probaciones, Stalin diría, en Lenin, águila de las montañas (1924), cuando el Poder de los Sóviets ya era un hecho histórico mundial: “Lenin fue entonces el único que no se dejó llevar por el contagio y que mantuvo erguida la bandera del Partido, reuniendo, con paciencia asombrosa, con persistencia extraordinaria, las fuerzas dispersas y convalidas del Partido, combatiendo en el interior del movimiento obrero todas las tendencias hostiles al Partido, defendiendo el principio del Partido con un coraje fuera de lo común y una perseverancia sin paralelo”. Su fe en la causa permanecería inquebrantable. Él sabía que el nuevo auge vendría, costara lo que costase, a pesar de los destierros, de las Centurias Negras.

Probablemente, era en las lecciones de la primera revolución rusa que él pensaba cuando se puso a caminar en aquella fría noche de fin de otoño en Finlandia. Imposible tomar un navío directamente en el puerto principal: sería detenido. Saliendo de la choza donde se escondía, a través de un lago congelado, Ilitch sintió de repente el hielo estallar bajo sus pies. “¡Que forma estúpida de morir!”, recordó haberse dicho, más tarde. Corriendo riesgo de vida, atravesó. Llevaba en el equipaje la rica experiencia revolucionaria adquirida en los “grandes días que condensaban veintenas de años”. Y estaba convencido de que, en la próxima vez, armados con este tesoro obtenido en el propio terreno, siempre confrontado con la experiencia histórica y con los principios basilares del marxismo, armados de estas lecciones el proletariado y las masas populares vencerían. Lenin no podría prever que sus tesis serían puestas a prueba precisamente en 1917; pero él ya sabía que la victoria en un futuro incierto dependería, en gran medida, de la justa apreciación de este verdadero prólogo llamado 1905 que quedaba para atrás.

 

El prólogo del prólogo

Engels decía, acerca de Marx, en el prefacio a la tercera edición alemana de El 18 Brumário:

“Esa notable comprensión de la historia viva de la época, esa lúcida apreciación de los acontecimientos en el momento en que se desarrollaban, es, realmente, sin paralelo”3.

Se puede decir que Lenin hombreaba con Marx en esta capacidad, adquirida no sólo a través de arduo estudio, como también por la participación directa en la lucha de clases.

En 1904 estalló la guerra ruso-japonesa. Lenin rechazó cualquier actitud defensista, o sea, de “defensa de la patria”, en esta guerra de reparto. Al contrario de los mencheviques, él denunció vivamente la guerra como una disputa entre dos bandos imperialistas y previó que ella aceleraría la descomposición de la autocracia czarista4. Así, escribió Lenin sobre la fragorosa derrota sufrida por el Imperio en la Batalla de Puerto-Artur, en que las tropas rusas perdieron cerca de 120.000 hombres entre muertos, heridos y prisioneros: “La capitulación de Puerto Artur es el prólogo de la capitulación del zarismo5”.

En 9 de enero de 1905, 140 mil personas se reunieron en San Petersburgo. Su objetivo era entregar una petición al Zar reclamando mejorías en las condiciones de vida. La dirección de este movimiento estaba en las manos de un agente provocador, el Padre Gapon, que sería justiciado en 1906 por un grupo de combate ligado al Partido Socialista-revolucionario. En las cercanías del Palacio de Invierno, la tropa abrió fuego contra los obreros desarmados: más de mil de ellos murieron allí. La indignación barrió a Rusia y el “Domingo Sangriento” fue la chispa que incendió toda la pradería. Asimilando el impacto de estos episodios en la conciencia de las amplias masas, Lenin diría, aún en el calor de los acontecimientos:

“No habrá medidas draconianas ni prohibiciones capaces de contener las masas de las ciudades, mientras se den cuenta de que, sin armas, se viendo condenadas a ser ametralladas masivamente por el gobierno, al más pequeño pretexto. Cada cual se esforzará por todos los medios a buscar un fusil, o por lo menos un revólver, por ocultar sus armas a la policía y por prepararse para ofrecer resistencia a los sanguinarios lacayos del zarismo. Los comienzos, son siempre difíciles. A los obreros costó mucho trabajo pasar a la lucha armada. Sin embargo el gobierno los obligó ahora a eso. Se dio el primer paso, el más difícil de todos”6.

La revolución, finalmente, reventará, confirmando la genial previsión de Lenin.

*

Lenin recibió en el exilio, en Ginebra, los informes del estallido de la revolución en Rusia. Es apasionada su primera saludación a los obreros insurrectos, publicada en el periódico Vperiod (órgano bolchevique), a 24 de enero de 1905:

“Fuerza contra fuerza. Hierve la lucha en las calles, se levantan barricadas, crepitan las descargas y truenan los cañones. Corren ríos de sangre, se levantan las llamas de la guerra civil por la libertad. Moscú y el Sur, el Cáucaso y la Polonia se disponen a unirse al proletariado de Petersburgo. ‘¡Libertad o muerte!’, es ahora la consigna de los obreros. Mucho se decidirá hoy y mañana. La situación cambia a cada hora. El telégrafo transmite noticias asombrosas y todas las palabras empalidecen ante los acontecimientos de que somos testigos. Cada uno debe estar preparado para cumplir con su deber de revolucionario y de socialdemócrata. ¡Viva la revolución! ¡Viva el proletariado insurreto!”7

La revolución crecía. Tesis ha mucho defendidas por los marxistas en Rusia, como el papel dirigente del proletariado en la revolución futura, y que fueron objeto de largos trabajos teóricos de la juventud de Lenin – entre los cuales se destaca El desarrollo del capitalismo en Rusia (1898) – se realizaban ante los ojos de todos. Sólo en enero el número de huelguistas alcanzó la cifra de 440 mil, lo que equivalía a más de lo que fuera registrado en los diez años anteriores. Atrás de los obreros, animadas por ellos, comenzaban las sublevaciones campesinas, crecían las manifestaciones estudiantiles e intelectuales, la revolución ganaba un carácter realmente popular.

Los problemas de la táctica, es decir, de que hacer en estos momentos críticos, en que no se admitía la menor pérdida de tiempo, pasaban a la orden del día.

 

Es preciso saber enseñar algo a la revolución

El movimiento espontáneo de masas sobrepasaba en mucho las fuerzas orgánicas socialdemócratas, ellas propias, divididas entre bolcheviques y mencheviques y una serie de grupos intermediarios, que Lenin llamaba de “el pantano”. Pero esta era sólo una faceta de la cuestión. De toda la Rusia brotaban fuerzas nuevas, frescas, presentándose para la lucha revolucionaria. Lenin no admitía, en estas horas, ningún aire de desaliento, de reclamación, de decadencia, y estigmatizaba los camaradas agarrados a los viejos tiempos. Ya en febrero, decía, en su trabajo Nuevas tareas y nuevas fuerzas:

“El organizador práctico que se queja, en estas condiciones, de la falta de hombres, se equivoca como se equivocaba madame Rolland cuando en 1793, en el momento culminante de la gran revolución francesa, escribía que Francia no tenía hombres, que todos eran pigmeos. Quién así se expresa no ve el bosque porque lo impiden los árboles; reconocen que los acontecimientos los cegaron, que en vez de dominar, como revolucionarios, con su conciencia y actividad, los acontecimientos, se dejan dominar y rebasar por ellos. Semejantes organizadores deberían retirarse y abrir camino a las fuerzas jóvenes, cuya energía sustituye a menudo con ventajas lo que les falta en experiencia”8.

Como es evidente, los problemas de organización se entrelazaban profundamente a las grandes cuestiones de la dirección política del movimiento. Lenin ya basaba mucho antes, en ¿Qué hacer? (1902), los principios ideológicos del partido marxista de nuevo tipo, asentando la justa relación entre conciencia y espontaneidad, o, entre la organización de los obreros y la organización de los revolucionarios. Ahora, delante de la mayor revolución desde la Comuna de París, que ponía fin al periodo de “desarrollo relativamente pacífico” atravesado por la Europa en cuarenta años, la vida sometía el Partido a una prueba muy seria. Lenin siempre defendió la necesidad de aprender de las masas, observar y cosechar sus formas de lucha y su espíritu creativo, sin embargo – anotaba – la tarea no es solamente aprovechar los enseñamientos de la revolución; es preciso también que sepamos enseñar algo a la revolución, imprimirle un cuño proletario, para poder  asegurarle la victoria verdadera9. O sea: el problema de la táctica nada más es de que el problema de asegurar los medios para que el proletariado dirija la revolución, y no se prostre cobardemente en la cauda de ella, lamentando la “debilidad de las propias fuerzas”, la “incultura de las masas” u otros disparates del tipo, siempre resucitados por los reformistas. Decía:

“A todos los oportunistas les agrada decir: aprended de la vida. Lamentablemente, ellos entienden por vida sólo las aguas quietas de los periodos pacíficos, los tiempos de estancamiento, en los cuales la vida sólo avanza. Ellos, gente ciega, quedan siempre atrasados con relación a los ensañamientos de la vida revolucionaria. Sus doctrinas muertas siempre quedan atrás de la torrente impetuosa de la revolución, que expresa las más profundas reivindicaciones de la vida, aquellas que involucran los más radicados intereses de las masas populares”10.

Lenin reclamaba no sólo un análisis científico, criterioso, de la correlación de fuerzas y del futuro del movimiento revolucionario, pero también un vivo trabajo de agitación y propaganda entre las masas, orientado por consignas accesibles, combativas y claras. Repudiaba el método oportunista de eludir las grandes necesidades del tiempo con frases tan grandilocuentes cuánto huecas. Decía, a propósito: “El oportunista necesita siempre de consignas que, vistas de cerca, sólo contiene frases sonoras, como una especie de decadente acrobacia verbal11.

Defendía y empeñaba gran parte de su tiempo en escribir editoriales cortos, acerbos, palpitantes, para el órgano del Partido y las organizaciones locales. De este modo:

“En los artículos de Lenin publicados por el Proletári, el Partido recibe una análisis marxista científica de la marcha de la revolución, brillantes pronósticos sobre su desarrollo ulterior, consignas claras y precisas, amplias directivas e indicaciones”.12

Además del órgano ilegal del Partido, él logró, en estos meses tempestuosos, con la ayuda de Máximo Gorki, hacer circular un periódico político legal de masas, el Novata Jizn (“Vida Nueva”).

Sin embargo, no era sólo el problema de las consignas que atraía su atención. La cuestión de las nuevas formas de lucha presentadas por la revolución rusa – destacadamente, de la transformación de la huelga de masas en insurrección armada – asumía gran relieve:

“Por otro lado, para determinar de modo concreto la táctica de un partido revolucionario en los momentos más tempestuosos de la crisis nacional de que sufre el país, es evidentemente insuficiente limitarse a señalar cuáles clases son capaces de actuar en favor del triunfo de la revolución. (…) Por eso, si al evaluar los periodos revolucionarios, nos limitamos a determinar la línea  de acción de las distintas clases sin analizar sus formas de lucha, nuestro juicio será incompleto, desde el punto de vista científico no será dialéctico, y desde el punto de vista político práctico degenerará en raciocinios muertos13.

Lenin fustigaba, por lo tanto, los “dirigentes” que se contentaban en ser “intérpretes del movimiento”, quedando al margen de los acontecimientos; fustigaba los que se limitaban a proponer tareas, sin saber forjar los instrumentos capaces de realizarlas. Exigía de todo el Partido que se educara y educara a las masas en las propias acciones de combate. Enseñaba la militancia (sobre todo los dirigentes) no sólo a leer en los libros, la enseñaba también a leer en la propia vida.

Material para tanto no faltaba. La revolución seguía su curso, implacable. Las huelgas de masas se extendían por el país, y los primeros Sóviets de la historia se formaron. En la primavera, el campo entró decididamente en la lucha: aún en los recónditos más somnolientos de la vieja Rusia semifeudal el suelo parecía temblar, y la lucha de clases despertaba las masas campesinas, no raro reprimidas con salvajería por los gendarmes. Destacamentos guerrilleros se formaban espontáneamente. En junio de 1905 ocurrió un hecho de peso capital: el Encorazado Potemkin, uno de los orgullos de la flota de guerra del zar, se sublevó cerca de Odessa, donde los obreros venían trabando una lucha política encarnizada. Durante varios días la bandera roja tremoló ante el mundo.

Esta situación ponía en la orden del día el problema de la insurrección armada. Esa cuestión ocupa, de hecho, desde el inicio de los acontecimientos revolucionarios, y principalmente a partir del segundo semestre, todas las atenciones y toda la energía de Lenin. Pero, antes de pasar a la nueva fase, había una otra cuestión histórica fundamental puesta sobre la mesa: la de la relación entre la revolución burguesa y la revolución socialista.

 

‘Somos partidarios de la revolución ininterrumpida’

Uno de los nuevos problemas presentados en 1905 fue el del papel del proletariado en la revolución democrático-burguesa, en las condiciones particulares del siglo XX. Este problema tenía, en su cerne, la cuestión de la alianza obrero-campesina, y era, desde luego, un punto de divergencia irreconciliable entre bolcheviques y mencheviques.

En las primeras semanas de las jornadas revolucionarias, Lenin escribió, en su artículo Dos tácticas: “A partir de 9 de enero, el movimiento obrero está convirtiéndose ante nuestros ojos en una insurrección popular14. Apoyándose en la famosa carta de Marx, en que este decía que el triunfo de la revolución democrática en Alemania dependería de una “segunda edición de las guerras campesinas”, así como en su posición acerca de la repartición de la tierra en los Estados Unidos (pasajes cuidadosamente enterrados por los oportunistas), el jefe de la revolución rusa dirá:

“Difícilmente habrá en el mundo otro país en el cual el campesinado tenga que sufrir tantas torturas, tal opresión y humillación como en Rusia. Sin embargo, cuanto más sombría haya sido la opresión, tanto más poderoso será el despertar, tanto más irresistible su acometida revolucionaria. Y al proletariado revolucionario con conciencia de clase corresponde apoyar con todas sus fuerzas esta acometida, para que no deje piedra sobre piedra de la vieja y maldita Rusia autocrática, feudal, esclavista, para que haga surgir una nueva generación de hombres libres e intrépidos, una nueva Rusia republicana, en la cual pueda trabarse libremente nuestra lucha proletaria por el socialismo”15.

En otra parte, afirmará: “Pues de la revolución democrática comenzaremos a pasar enseguida, y precisamente en la medida de nuestras fuerzas, de las fuerzas del proletariado con conciencia de clase y organizado, a la revolución socialista. Somos partidarios de la revolución ininterrumpida. No nos detendremos en la mitad del camino”16. Es preciso reconocer que nacía ahí el esbozo de la formulación que, doce años después, orientaría los bolcheviques en el labirinto histórico instalado entre febrero y octubre de 1917.

Además del problema campesino y de la relación entre revolución burguesa y socialista, cuyo desarrollo ya constituía un enorme paso al frente en relación al siglo XIX, Lenin sentaba con estas formulaciones las bases de una verdadera teoría de la hegemonía, que se demostraría crucial en la medida en que las tempestades revolucionarias se desplazaban para el Oriente, donde la clase obrera era sólo una minoría de la población. ¿Cómo actuar en el movimiento democrático-burgués floreciente? ¿El proletariado defendería una revolución del tipo de la de 1848 – es decir, un aborto de revolución – o una del tipo de 1789, es decir, verdaderamente popular, radical, jacobina? ¿Los comunistas deberían marchar conducidos por la burguesía traidora o al frente del proletariado y del campesinado revolucionarios? Estas cuestiones ocupan una parte enorme de los escritos (y, consecuentemente, del valioso tiempo) de Lenin de aquellos días. 

A los que temían que el proletariado “perdiera” la dirección del movimiento, y usaban este temor como justificación de la inercia y de la parálisis, él replicaba:

“Desde el punto de vista proletario, la hegemonía  corresponde, en la guerra, a quien lucha con mayor energía, a quien sabe aprovechar todas las ocasiones para asestar un golpe al enemigo, a aquel cuyas palabras no difieren de los hechos y que es, por lo tanto, el dirigente ideológico de la democracia, que critica todo lo que sean posiciones a medias”17.

Para Lenin, la formulación madura, científicamente exacta del problema, sería: dictadura democrático-revolucionaria del proletariado y del campesinado, cuyo órgano sería el gobierno provisional revolucionario, apoyado en las masas armadas. Como se sabe, fue esa la línea adoptada por el III Congreso del POSDR (reunido en abril, en Londres, que fue saboteado por los mencheviques, que se reunieron en Conferencia aparte), cuyas tesis Lenin desarrolló en su magistral trabajo Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, publicado por primera vez en julio de aquel año, en Ginebra. Ahí, Lenin no dejará piedra sobre piedra del menchevismo y de su torpe posición de hacer del movimiento revolucionario un mero apéndice de la burguesía liberal contrarrevolucionaria. Se trata, en verdad, no sólo de dos tácticas, como también de dos estrategias distintas y antagónicas.

A título de ilustración, compárese la original, y dialéctica, formulación leninista del pasaje de la revolución democrática a la revolución socialista, de la alianza obrero-campesina y de la lucha del proletariado para asegurar la hegemonía en la revolución, con lo que decía el menchevique L. Trotsky aquellos días:

“El poder revolucionario sólo puede apoyarse en una fuerza revolucionaria activa. Cualesquiera que sean los puntos de vista en cuanto al desarrollo posterior de la revolución rusa, el hecho es que ninguna clase social, salvo el proletariado, se mostró hasta hoy capaz de apoyar el poder revolucionario y ni siquiera dispuesta a hacerlo”18.

¿Qué papel dirigente cabría al proletariado en la revolución, si se resignase a ser tan solamente vanguardia de él mismo? ¿Que sería hecho del “poder revolucionario” si quedase aislado, incapaz de apoyarse en una especie de reedición de las guerras campesinas? Para Lenin, Trotsky, con efecto, no pasaba de un “charlatán”:

“Cuando el charlatán Trotsky escribe ahora… que un ‘padre Gapon sólo puede surgir una vez’, que ‘no hay lugar para un segundo Gapon’, lo hace simplemente porque es un charlatán. (…) Para llegar a ser grande, una revolución democrática que recuerde y sobrepase  la de los años 1789-1793, y no la de 1848-1850, tiene que poner de pie masas gigantescas, incorporarlas a la vida activa y a los esfuerzos heroicos, a una ‘fundamental realización histórica’; tiene que arrancarlas de la terrible ignorancia, de la opresión inaudita, del increíble retraso y del estupor sin esperanza en que viven”19.  

Como se ve, ninguna semejanza había entre la tesis de la “revolución permanente” a la Trotsky y la teoría científica de la revolución permanente de Marx y de la revolución ininterrumpida de Lenin. Solamente la falsificación histórica podría reivindicar algún parentesco entre esas y aquella.

 

Notas:

  1. Publicación de la Ediciones Akal, que apareció en España en 1974, disponible en la íntegra en la web marxists.org
  2. Informaciones biográficas de este periodo, ahora y de ahora en adelante, retiradas de: “Lenin (su vida y su obra)”, editorial Victoria, Brasil, 1955. Las excepciones serán señaladas.
  3. Engels, “Prefacio a la tercera edición alemana de El 18 Brumario de Luís Bonaparte”, en la coetánea “Textos – volumen 3”, Ediciones Sociales, p.201.
  4. Para entender los bastidores de los acontecimientos, ver “Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la U.R.S.S.”, aparecido originalmente en Moscú, en 1938, y publicado por primera vez en Brasil por el editorial Victoria, en 1945.
  5. Lenin, “Obras completas”, Akal Editor, España, Tomo VIII, p. 44.
  6. Lenin, ídem, p. 105.
  7. Lenin, ídem, p.65.
  8. Lenin, ídem, p.226.
  9. Lenin (su vida y su obra), p. 94.
  10. Lenin, op.cit., tomo IX, p.199.
  11. Lenin, op. cit., Tomo VIII, p. 169.
  12. Ídem, p.103.
  13. Op.cit, Tomo XV, p.50.
  14. Op.cit, Tomo VIII, p.150.
  15. Ídem, págs. 342-343.
  16. Op. cit, Tomo IX, p.232.
  17. Ídem, p.71.
  18. L. Trotsky, “La Revolución de 1905”, aparecido originalmente en 1909. Disponible en internet en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/permanente/conclusionesde1905.htm#_ftn1
  19. Lenin, op. cit., Tomo VIII, p. 301.

 

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