Ocho años de servilismo al latifundio, a la gran burguesía y al imperialismo

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Ocho años de servilismo al latifundio, a la gran burguesía y al imperialismo

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Con el presente, concluimos la serie de artículos de evaluación de los ocho años del oportunismo encabezado por Luiz Inácio en la gestión del viejo Estado semifeudal y semicolonial brasileño.

En las dos ediciones anteriores hicimos el análisis desde el punto de vista de la cultura y de la economía, respectivamente. Ahora, como síntesis, abordaremos desde el punto de vista de la política. Utilizaremos como parámetro la lucha de clases, considerada tanto bajo el prisma internacional como nacional.

Conviene resaltar que siendo la política una categoría pertinente a la sociedad de clases, a la lucha de clases, o sea, como se resuelve la cuestión del poder, se constituye en el principal parámetro para evaluar el desarrollo de cada sociedad, tanto en sus relaciones con las demás como en las relaciones desarrolladas dentro de ella misma. Así, haremos un análisis de las relaciones internacionales del Brasil en los últimos ocho años bajo la óptica de la contradicción entre nación e imperialismo, contradicción de la cual resulta nuestra condición de semicolonia. En cuanto a la situación interna, lo haremos partiendo del carácter burgués-latifundista del Estado brasileño.

El oportunismo sirve al imperialismo

Desde su primera edición, AND no ignoró en un sólo momento la advertencia de Lenin de que el combate al imperialismo sin que simultáneamente se combata el oportunismo se reduce a fraseología hueca. Esto porque, siendo el oportunismo un fenómeno derivado del surgimiento del imperialismo, ambos aparecen en la historia conectados de forma umbilical. Así, el oportunismo como una modalidad de la ideología burguesa en el seno del movimiento obrero-popular resultó ser el peligro principal para la lucha de liberación del proletariado y de todos los pueblos.

Citaremos aquí tres momentos en los cuales el oportunismo actuó como coadyuvante de la acción contrarrevolucionaria del imperialismo. Primero, cuando de la traición de la II Internacional – periodo que antecedió y en el cual se preparó la Primera Guerra Mundial –, al votar en el parlamento la aprobación de los créditos de guerra para los gobiernos burgueses lanzar a la mortandad las masas populares. Segundo, cuando Kruschov, traicionando el socialismo, pone fin a la dictadura del proletariado en la URSS, restaurando allí el capitalismo y lanzando el Movimiento Comunista Internacional a la división y gran parte de él a la confusión ideológica y a la revisión del marxismo. Y, el tercero, cuando los partidos dichos socialistas, encabezados por el Partido Laborista inglés, bajo el mando de Tony Blair, asumen la gestión de los Estados de sus respectivos países para implementar las imposiciones de las oligarquías financieras internacionales.

Así, capitaneados por los imperialistas yanquis, encabezaron una nueva ofensiva contrarrevolucionaria en escala planetaria, a la que llamaron de “globalización”  y “neoliberalismo”, para decretar el “libre mercado”, anular la soberanía de las naciones, decretar la suspensión de pagos del “Estado Nacional”, desregular su marco legal para imponer la más brutal retirada de derechos de los trabajadores y remover todos los obstáculos para el saqueo total de estas naciones, subyugándolos más de que nunca a la saña de los especuladores.

La llegada de Luiz Inácio a la gestión del Estado brasileño guarda una profunda similitud con el tercer momento aquí citado. Las privatizaciones de Cardoso y la crisis cambiaria que sacudió su segundo mandato colocaron en descrédito las políticas del imperialismo (denominadas por “neoliberalismo” y defendidas como tales), así como sus agencias (FMI, Banco Mundial, OMC, etc.). Tal situación corroyó la posibilidad electoral de su partido. Entonces, dando una guiñada en 20 años de radicalismo pequeño burgués, Luiz Inácio firma la “Carta al pueblo brasileño” con la cual se coloca de forma declarada y cabal en total sumisión al imperialismo, comprometiéndose con la no ruptura de los contratos lesivos al país y por la profundización de las políticas entonces en curso.

Alzado al cargo de gerente semicolonial y aún antes de la investidura formal ya busca, de inmediato, estrechar sus relaciones con la metrópolis haciendo una visita al “compañero” Bush para anunciar – en palacio – las indicaciones para el Banco Central, ministerio de la hacienda y el ministerio del medio ambiente.

Para mejorar su desempeño, su pequeña corte fue conformada desde el inicio para liquidar cualquier  constreñimiento o perturbación en su nuevo rol de gerente de turno. En los primeros días y primeros meses, el PT organizó su “noche de los cuchillos largos” para los debidos aciertos de cuentas internos, particularmente con aquellos que, por ingenuidad o por discordancias, ya amenazaban crear cualquier obstáculo. Que quede bien claro que, no obstante el peso del liderazgo de Luiz Inácio en todo el proceso de creación y desarrollo del PT, no se trata de ser su proyecto personal el que se impuso al partido, pero de que este resultó ser extremadamente útil a los intereses de clase que el PT reveló cada vez más ser el portavoz más eficiente entre los demás.

Desde los primeros días, hasta la fecha presente, Luiz Inácio tergiversa a diestro y siniestro para disfrazar su sumisión al imperio, en una retórica de independencia bajo la cual conduce la política externa de alineamiento con USA. Mientras que para la derecha esclarecida las cosas ahí van muy bien, para los más reaccionarios, serviciales de los monopolios de comunicación, ciertos procedimientos de la gerencia brasileña en relación a Bolivia, Paraguay, Venezuela, Cuba, Irán y Corea del Norte son una verdadera herejía. El rancio visceral que los caracteriza no les permite ver un milímetro más allá de las apariencias.

Antes de practicar cualquier falta de respeto a los cánones del reaccionarismo militante, en las cuestiones fundamentales, Luiz Inácio se prestó a hacer el papel de algodón entre los cristales en las relaciones de USA con Cuba, Venezuela y Bolivia; bajo el pretexto de demostrar la capacidad brasileña de intervenir en pendencias internacionales y, con eso, reforzar el pleito del asiento permanente del Brasil en el Consejo de Seguridad de la ONU, alimentó aún más la furia militarista de USA. Envió tropas para Haití y, así, permitió a los yanquis la movilización de sus principales contingentes militares para mantener la invasión de Irak y de Afganistán. Sus discursos en los fórums mundiales del imperialismo, como Davos, predicando “mejor distribución de renta” y “erradicación de la pobreza”, fueron nada más nada menos que la propaganda de las directrices del Banco mundial sobre “políticas de focalización”, “políticas compensatorias”, las cuales ha aplicado con denuedo, pompa y gran publicidad en nuestro país.

Peón del Departamento de Estado del USA en el tablero mundial, Luiz Inácio disimula como si no lo fuera. En la cuestión nuclear envolviendo a Irán, en que se armó cierta tención, los términos del acuerdo propuesto por él a Turquía y al Irán, como se quedó sabiendo posteriormente, fueron basados en una carta que le había enviado, días antes, Barack Obama. O sea, un modo diverso de hacer que nada contrariase la voluntad de su amo. Pero es justamente para esto que le es reservado su papel de destaque.

En las cuestiones ambientales, contrariando los intereses de todos los países dominados, él se anticipó a proponer cuota de reducción de la emisión de gas carbónico, cuando, en realidad, esa debería ser una decisión de los grandes contaminadores como los miembros de la G-8 más la China. Por ocasión de la última crisis financiera (que se arrastra hasta hoy) no titubeó en usar las arcas públicas para, a través del FMI, socorrer los bancos quebrados de USA y de la Europa, además de, internamente, bajar una política de renuncia fiscal, incentivos y préstamos del BNDES para que montadoras instaladas en el Brasil pudieran obtener súper lucros, inmediatamente remitidos para el exterior con el objetivo de salvar de la suspensión de pagos sus matrices.

Finalmente, su periplo por el África tuvo como objetivo hacer la propaganda del etanol, incentivando la monocultura de la caña de azúcar para que su producción, junto con la producción de maíz de USA, posibilitara volumen suficiente para que el etanol ganara la categoría de commodity.

Por lo tanto, siendo la política la expresión concentrada de la economía, no hay como negar que todas las iniciativas arriba descritas fueron desarrolladas en el sentido de favorecer el imperialismo a través de las oligarquías financieras y de las transnacionales, principalmente yanquis. Lógicamente, en nada contribuyeron para el proceso de liberación de los pueblos explotados por estas corporaciones y oprimidos por el poderío militar imperialista. Por el contrario, al examinar la contradicción entre países ricos (explotadores) y países pobres (explotados), el polo dominante de la contradicción continúa siendo el de los explotadores que hace treinta años practican surf en la ola contrarrevolucionaria. La política externa de la gestión oportunista-petista en nada contribuyó en estos ocho años para revertir este cuadro. Al contrario, fue factor decisivo no solamente para su mantenimiento, como para su mayor profundización.

En realidad, ni esa diplomacia chapucera y ni ese palabreado de socialismo del siglo XXI contribuyeron para ni siquiera arañar las bases podridas del sistema imperialista. Ya las fuerzas de resistencia en países como India, Filipinas, Turquía y Perú, donde el pueblo lucha de armas en puño desarrollando la Guerra Popular contra sus enemigos de clase, así como las resistencias palestina, iraquí y afgana, estas sí, impusieron y siguen imponiendo significativas derrotas al imperialismo y sus lacayos, siendo a la vez impulsionadoras del crecimiento de la resistencia popular por todo el mundo. Ellas vencerán.

Dime con quién andas y te diré quién eres

Este antiguo dicho popular es bien significativo para mostrar el carácter de la llamada base aliada de apoyo al oportunismo en la gestión del Estado brasileño. Fueron 380 diputados en apoyo a Luiz Inácio y serán por lo menos 402 en apoyo a Dilma Roussef. La base social de los mismos no cambió desde cuando Luiz Inácio denunció la existencia de por lo menos 300 “picaretas” (sinvergüenzas) en el congreso nacional.

Para atraer los “picaretas” para su base de sustentación, la gestión petista usó de mucha sinvergüencería, comenzando por el “mensalão”(esquema de propinas a congresistas) y prosiguiendo con la distribución de ministerios con todo lo que eso implica, donde el ocupante define todo su equipo de auxiliares, y el  viejo chantaje de la liberación de enmiendas al presupuesto, también viejo instrumento de la corrupción en el podrecido proceso electoral brasileño. Vale destacar que la cuestión de la corrupción tiene su base social en la propia composición del Estado brasileño, es decir, en quien verdaderamente ejerce el poder y que, por lo tanto, requisita para sus apaniguados los cargos a través de los cuales el dinero del pueblo pueda servir como instrumento de elevación del nivel de sus riquezas.

Ese proceso se da de forma “legal” en el sentido de que las operaciones de favorecimiento de bancos, grandes empresas nacionales o transnacionales, latifundistas o burócratas de alto nivel se dan a través de portarías, decretos, medidas provisionales y leyes. Leyes aprobadas por los picaretas, que para garantizar su retorno al parlamento, realizan campañas millonarias con dinero conseguido a través de las comisiones arrancadas de empresas contratistas y prestadoras de servicio, que por su parte ya supervalorizaron el precio de sus productos vendidos al Estado. Este círculo vicioso comprende toda la República en sus varias fases y en los últimos ocho años se potencializó, buscando nuevos medios para su operación.

Para una justa evaluación política de la gestión del oportunismo, teniendo al frente el Sr. Luiz Inácio, debe indagarse lo siguiente: ¿cuáles clases que detenían el poder del Estado cuando este asumió el puesto y en qué situación estas mismas clases se encuentran después de los ocho años de esa gestión? Hemos dicho y repetido que el Estado brasileño es un Estado burgués-latifundista servicial del imperialismo. La gran burguesía y los latifundistas, por lo tanto, eran las clases que detenían el poder del Estado cuando Cardoso pasó la gerencia de turno a Luiz Inácio ocho años atrás.

Extraeremos de estas clases tres sectores para examinar si ellos aumentaron o disminuyeron su riqueza, aumentaron o disminuyeron su poder en el Estado. Escogemos los bancos, los contratistas y el agronegocio y pasamos la palabra al propio Luiz Inácio, que en más de una oportunidad, orgulloso, afirmó que nunca en la historia de este país los bancos habían ganado tanto dinero como en su gestión. Más precisamente en el Portal IG en 17 de septiembre de 2010, él declara: “Y los empresarios nunca ganaron tanto dinero como ganaron en mi gobierno, nunca ganaron tanto dinero. O sea, si usted levantar el histórico de esas empresas todas, usted va a percibir que las empresas, sobre todo la construcción civil…”.

En su habitual jactancia, Luiz Inácio lanza un desafío: “pero los analistas políticos van a tener que explicar porque qué es exactamente un obrero metalúrgico que llega a la Presidencia y que mantiene una relación con los empresarios que ningún otro presidente tuvo, aún cuando era empresario” Pero si es exactamente esto que estamos mostrando. Primero, Luiz Inácio no es el metalúrgico que salió de la fábrica y asumió la gestión del Estado. Él, cuando asumió, era un cuadro político formado por los institutos sindicales yanquis manejados por la CIA (Iadesil, CIOLS, etc.) y por organizaciones de la iglesia católica. Segundo, es que a él, en la calidad de gerente de los intereses de la gran burguesía, de los latifundistas y del imperialismo, cabía cumplir este papel servil. Es lo que hemos dicho y repetido sobre el papel de las corrientes políticas que se dicen de izquierda y que encaminaron por la línea parlamentaria: ellas jamás llegarán al poder, el más alto peldaño a que les es permitido llegar es a la gestión del Estado. Y en él deberán proceder en conformidad con los intereses de los verdaderos dueños del poder del Estado. Así es, así se conduce el oportunismo.

 El oportunismo sirve al capitalismo, al latifundio y al imperialismo. Luiz Inácio y su “frente popular electorera” o “frente de izquierda oportunista-revisionista”, más la oligárquica base aliada, mostraron muy bien de qué lado en la lucha de clases se encuentran. No esperemos novedades de su fiel sucesora. Este es el designio de todo  oportunismo.

Fuera del poder, todo es ilusión

La célebre sentencia de Lenin adquiere vigorosa validez cuando separamos la paja del trigo. Cuando colocamos de lado la demagogia, el engaño, la mentira, la mistificación y la ilusión, y bajo el filtro científico del marxismo analizamos concretamente la realidad en sus aspectos infraestructurales, la economía, y, superestructurales, la política y la cultura.

Usando cómo parámetro la lucha de clases, queda claro de forma insofismableque la gestión de Luiz Inácio sirvió a las clases dominantes como todos los otros que le antecedieron y todos los otros que le sucedan siguiendo por el camino burocrático que se legitima y se justifica a través del farsante proceso electoral. Las últimas elecciones dejaron una vez más, patente que por esta vía, las clases dominantes, con la posesión de todos los instrumentos de explotación y opresión, como las empresas, los medios de comunicación, la burocracia estatal, destacadamente la judicial, las fuerzas armadas y demás aparatos policial-militares, además del manejo de la religión a través de sus jerarquías, jamás permitirán escapar de sus manos ni siquiera la más mínima franja del poder que detienen. Para tanto, sólo admiten que se sienten en la silla de gerente de su viejo Estado figuras dóciles del tipo “Luliña paz y amor” y “Dilma bendiga Dios”.

Aún es tiempo para que miles de jóvenes, principalmente, que se dejaron envolver por las ilusiones electorales, entender que este es el camino burocrático del imperialismo, de la gran burguesía y del latifundio. Que el único camino democrático para las transformaciones sociales necesarias es el camino revolucionario del pueblo. Que entiendan cada vez más la necesidad de un verdadero partido revolucionario que denuncie toda la farsa de las elecciones burguesas con su partido único y movilice, politice y organice, de forma paciente y persistentemente, los millones de trabajadores, obreros, campesinos e intelectuales, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, del campo y de la ciudad, para la efectiva toma del poder. El Nuevo Poder a través de la revolución democrática y antiimperialista, que establezca inicialmente un Estado de Nueva Democracia con radicales modificaciones en la política, en la economía y en la cultura del país y de manera continuada avance rumbo al socialismo. Este pueblo que no tiene nada tiene derecho a todo: el Poder.

Traducciones: [email protected]

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